El séptimo amanecer – Capítulo 5

CINCO

La sala tres del Tribunal Supremo está en el ala norte del edificio. Durante toda la mañana se habían celebrado dos juicios, pero ninguno había despertado el interés de la prensa como el que estaba a punto de empezar. Presidía la abarrotada sala el ilustrísimo juez Mórrison.

Se escuchó un murmullo cuando el magistrado ocupó el sillón en el estrado y todos se pusieron en pie.

—El Estado de Río de Janeiro contra Fernando Blas y la Land Amazon Corporation —dijo con voz autoritaria.

Devoto cristiano, padre de cuatro hijos y conservador hasta la muerte Mórrison llevaba ejerciendo su cargo desde 1978.

—Pueden sentarse.

De los jueces del tribunal Fabio Mórrison era sin duda el que más odiaba su profesión. Tenía cincuenta y dos años y después de veinte navidades en la judicatura seguía sin estómago para la gentuza que daba a parar a su sala. Evitaba los juicios por drogas o asesinatos y aceptaba cualquier litigio concerniente a empresas con balances saneados. Las recompensas eran jugosas. Mórrison cobraba sesenta mil dólares al año y su única ambición era ser reelegido en su cargo cada cuatro años. Era hombre de gustos caros: restaurantes de lujo y viajes a Europa dos veces al año. Su mujer conducía un deportivo valorado en más de cuarenta mil dólares, disponía de dos casas de veraneo en la playa y un bonito yate en el puerto deportivo de Río de Janeiro. Tenía dos ex mujeres, todavía batallaba por la pensión con una de ellas en los Tribunales, y su joven mujer era puta, amante y esposa al mismo tiempo. Contaban de él que había heredado una pequeña fortuna de un pariente lejano, fallecido en un accidente aéreo en la Antípodas, pero nadie lo sabía con certeza. Lo cierto era que gastaba dinero a espuertas y disfrutaba haciéndolo. Era ostentoso y vanidoso.

Entre sus colegas Mórrison era famoso por el alto porcentaje de sentencias absolutorias hacia las empresas demandadas. También era famoso por dirigir los preliminares más cortos de todo el Estado. Desde hacía veinte años ninguno de ellos había superado los veinte minutos.

El magistrado echó un vistazo a la sala y sonrió. Contó un total de doce miembros de la prensa. Conocía a la mayoría. También contó al menos diez miembros de la asociación de agricultores, como no podía ser de otra manera. Dos miembros de la ONG Survival, cuatro oficiales de justicia, tres misioneros, y otros tantos defensores de los derechos de los indígenas en el Amazonas. No estaba nada mal. El acusado permanecía sonriente al lado del letrado defensor.

Dio un sorbo a un vaso de agua y ojeó el sumario a través de las finas gafas. Era puro teatro. Levantó la vista y miró al abogado defensor, luego al fiscal general Pinheiro y por último al reloj de arena que yacía junto a él. Le dio la vuelta y lo apoyó sobre la madera de roble. La arena comenzó a formar círculos en la superficie superior mientras una hiladura de arena blanca caía lentamente por un diminuto orificio.

—Acérquense los letrados al estrado.

Los dos hombres avanzaron en silencio.

—No permitiré ningún desacatado a este tribunal. No permitiré que me hagan perder el tiempo con chácharas sin sentido. Y no permitiré bajo ningún concepto que esta vista preliminar se alargue más de veinte minutos. ¡Me he expresado con claridad! —Los dos hombres asintieron al unísono—. Regresen a sus asientos señores letrados.

Dirigió la mirada al abogado de la defensa.

—Tengo entendido que su cliente declaró en presencia de la policía local del Estado de Para que disparó contra tres caciques por el allanamiento de sus tierras. ¿Es eso correcto señor Dos santos?

Un viejo productor de soja había disparado a bocajarro a tres indígenas en una como tantas otras plantaciones ilegales de soja. Los tres hombres habían logrado escapar con el rabo entre las piernas, entre tropezones y maldiciones, y días después habían acusado al agricultor de usurpación de tierras públicas y de intento de asesinato, respaldados por el Movimiento de los Sin Tierra, la organización más antigua y combativa de Brasil. Dos Santos era el abogado del acusado.

—Sí señoría —respondió Dos santos, tras garabatear algo en un cuadernillo.

Apasionado defensor de cualquier individuo que pudiese pagar unos honorarios no inferiores a cuatrocientos dólares la hora, Dos Santos era lo que se llama un work-adicto. Trabajaba dieciocho horas al día, siete días a la semana, treinta días al mes, doce meses al año y no tenía ninguna afición que no fuese dedicar las horas enteras al estudio de las leyes. Su bufete era el más prestigioso de la costa atlántica brasileña. Tenía oficinas en Argentina, Paraguay y Venezuela.

—¿Alguien ha resultado herido?

—No señoría.

Dos Santos esbozó una gran sonrisa ante el hecho de que el juez asignado al caso fuese Mórrison. Era un tipo manejable por lo que la vista preliminar terminaría en pocos minutos, antes de que la arena del reloj llenase el triángulo inferior y antes incluso de que el dibujante, concentrado en el acusado, sacase su perfil más favorecido. Consultó su reloj. Eran las dos y media del mediodía.

—¿El señor Blas conocía a los demandantes el día en que los hechos ocurrieron?

—No señoría.

—¿Disparó a matar?

—No señoría.

Dos Santos apoyó la mano en el antebrazo del acusado. Le daba pequeños golpes mientras le susurraba algo al oído, aparentemente importante. El acusado sonrió confiado. No era la primera vez que lo acusaban y que hacia el paripé delante del juez; su absolución llegaría en pocos minutos. Pronto disfrutaría de un té helado en su bonita hacienda rodeada del preciado oro verde. Además, Dos santos era el mejor, y esos malditos indios se merecían cada una de esas balas. De lo único que se lamentaba era de haber fallado. Ya tendría ocasión de ajustar cuentas.

—Deberían colgar a todos esos putos indígenas —gritó alguien—. Son unos salvajes.

—Orden en la sala —vociferó el juez, agitando el índice en señal de advertencia. Le irritaban los alborotadores en su sala—. ¿Se declara su cliente inocente del cargo de intento de asesinato? —prosiguió.

Los perros viejos son soberbios por naturaleza y Dos Santos era un sabueso legendario. Conociendo el devenir de los acontecimientos afirmó con la cabeza, sin mirar al juez y sin parpadear. Luego dijo:

—Por supuesto, señoría. Mi cliente disparó al aire —añadió mientras se arreglabla la corbata de seda para los dibujantes. El rojo combinaba de fábula con el amarillo canario. Había sido una excelente elección.

—¿Han condenado alguna vez a su cliente?

—No, señoría.

—¿Solicitará que su cliente salga en libertad bajo fianza? —preguntó.

El abogado echó una mirada a la sala y les brindó una ligera sonrisa a los espectadores. Sabía que los reporteros de los principales medios de comunicación estaban ansiosos por escribir sobre el nuevo triunfo del picapleitos más astuto de los tribunales y la televisión esperaba pacientemente en la puerta del Tribunal. Eran unos papanatas que comían de su mano. El gran abogado se había cerciorado de que todos y cada uno de aquellos mentecatos recibiera una bonita fotografía en la que posaba junto a una estantería de nogal repleta de tomos legales. Ni siquiera había necesitado preparar una estrategia de defensa para su cliente.

—Supone bien señoría—respondió altivo.

—¿Previamente solicitará el sobreseimiento del caso?

—Sí, señoría.

Mórrison consultó su reloj. El tiempo corría en su contra.

—¿Basará la defensa su alegato en que esos hombres estaban en las tierras del señor Blas?

Se rumoreaba que el verdadero motivo del juicio era una disputa territorial entre latifundistas e indígenas, auspiciado por la ONG. En el año dos mil siete el Congreso brasileño, a instancias del actual gobierno, había aprobado la legalización del cultivo genéticamente modificado y acordado privatizar cinco mil kilómetros cuadrados para los agro negocios. El superávit de la exportación agrícola era una fuente importante para pagar la deuda externa del país y esperaban inyectar de este modo una nueva inyección a la debilitada economía del país. Además había un acuerdo tácito mediante el cual se hacía la vista gorda cuando se ocupaban tierras que eran destinadas a la agricultura y ganadería. Una sentencia condenatoria contra el productor de soja y la devolución de las tierras al Estado o en su caso a los indígenas podía provocar un efecto cascada. Las tierras que cultivaban indiscriminadamente los grandes productores de soja bajo la ley del talión se cifraban en una superficie equivalente al quince por ciento del Amazonas. La defensa sostenía que la Land Corporation era la propietaria legal de las tierras por usucapión y que Rafael Blas estaba en su pleno derecho de defender sus tierras de los intrusos.

—Sí, Señoría. La defensa opina que no hay delito. Esas tierras están destinadas a la producción agrícola y han sido cultivadas y explotadas por mi cliente desde el año dos mil trece. El señor Blas es un hombre trabajador y responsable.

—Reyertas, altercados, intimidación, intento de asesinato y utilización de tierras publicas por parte de su cliente —dijo de pronto—. En mi opinión sí hay delito.— El magistrado sonó tajante. Desvió la vista al fiscal.

—¿Usted qué opina Pinheiro?

Pinheiro era el Fiscal del Estado y gran amigo del juez Mórrison. Ambos eran de la cuadrilla del presidente Lumba desde que tenían uso de razón. Se conocían bien y habían recibido ordenes claras y precisas del presidente.

El fiscal se levantó y se acercó al estrado.

—La fiscalía solicita que se deniegue la libertad bajo fianza. ¡Señoría!, el señor Blas no es propietario de esa tierra. El señor Blas utiliza gatilleros para desalojar las tierras que son propiedad del Estado. Y el señor Blas apretó el gatillo con intención de matar. No podemos permitir que la masacre contra los pueblos indígenas continúe.

En las últimas filas de la sala se escuchó un gran alboroto. ¿Tierras del Estado? Los miembros de la asociación en pro de un Amazonas libre y del cultivo de las tierras del Estado se revolvieron inquietos en sus asientos. ¿Masacres? El Estado era el principal interesado en promover la explotación agraria a favor de los grandes capitales agropecuarios. ¿Qué diablos decía Pinheiro?

—El acusado ha protagonizado infinidad de episodios violentos en el pasado—prosiguió Pinheiro. Me repugna pensar que en el Amazonas la vida de un indígena vale tres mil reales y siete mil la de un cacique. ¡Es asqueroso!

—Estoy de acuerdo—contestó el juez.

—Ese hombre —Pinheiro señaló inquisitivamente al acusado— es un peligro para la sociedad. La supervivencia de los pueblos indígenas está en juego. Por supuesto disparó a matar. Por supuesto erró en sus intenciones. Y por supuesto su intención era asesinar.

—Protesto señoría.

—Denegada—rugió el juez.

Olía a conspiración. El fiscal levantó la voz.

—El balance de los últimos tres años en esas tierras habla por sí solo: ciento veintidós indígenas asesinados, miles de hogares destruidos con excavadoras, noventa y nueve casos de agresiones violentas, cien conflictos territoriales, más de cien casos de explotación ilegal, sesenta y dos casos de agresiones por racismo y discriminación cultural, sin contar con los setenta y tres suicidios por desalojo de tierras. Esto no es ficción, es una jodida realidad. El señor Fernando Blas representa en sí mismo al tipo de individuo que se cree con el derecho propio de actuar por encima de la ley y de reírse de los tribunales. Además dispone de los suficientes recursos para desaparecer del país sin dejar rastro. Lo cierto es que debería estar entre rejas.

—¿Tiene antecedentes el acusado?

—No señoría—dijo Dos Santos, alzando la voz.

—Denegada la solicitud de libertad bajo fianza.

En circunstancias normales el juez hubiese otorgado la libertad bajo fianza. En circunstancias normales la vista preliminar con ese mal nacido de juez se habría solucionado con una sobre. Y en circunstancias normales Dos Santos no tendría que verse indefenso frente al puñado de reporteros que se relamían tras él. ¡Maldita sea!, la vista preliminar había sido una gran farsa. ¿Qué diablos estaba pasando? Lanzó una mirada por encima del hombro y sus ojos se clavaron en uno de los hombres que presenciaban la vista. Tenía aspecto hastiado. La prensa no era la mayor de sus preocupaciones y Dos Santos lo sabía. Carraspeó y bebió más agua. La sensación de fracaso era acuciante y no podía permitirlo.

—Es inaudito su señoría. Mi cliente no ha asesinado a nadie y se le está tratando como a un vulgar asesino. Con la venia de su señoría queremos solicitar un cambio de jurisdicción.

—La acusación se opone—dijo escuetamente la fiscalía.

—A su cliente se le acusa de intento de asesinato. El juicio se celebrará en este Tribunal, bajo mi mandato —dijo el juez con voz firme. Hizo resonar su maza—. Queda denegada la moción de cambio de jurisdicción.

—La defensa se opone —chilló.

—Sí, claro—contestó el juez.

Dos Santos no había perdido un solo juicio desde 1987. Drogas, corrupción, evasión de impuestos, asesinato y un largo etcétera; ni un solo litigio perdido. Su bufete Dos Santos & Bradborts se ocupaba de todos los casos importantes del país, representaba los intereses de hombres poderosos y tenía fama de manejar los tribunales a su antojo. Estaba bien relacionado con el gobierno y la judicatura del país, y disfrutaba especialmente con los casos de asesinato y de corrupción. Además recibía una suculenta cantidad fija en cuestión de honorarios de la asociación de agricultores para dar preferencia a cualquier litigio que surgiese. ¿Quién diablos se creía que era ese maldito juez?

—Esto es intolerable—vociferó fuera de sí.

Un fuerte murmullo llenó la sala. El alguacil pidió orden.

—Señor Dos Santos, en este Tribunal no permitiré salidas de tono —dijo Mórrison con tono serio y pausado—. ¿Me he expresado con claridad?

El juez le estaba haciendo sudar la gota gorda. Bebió más agua.

—Sí, señoría.

—La defensa solicita un aplazamiento.

—Denegada la solicitud.

—Pero, señoría…

El juez levantó la mano en ademán de silencio. Consultó su calendario a través de las gruesas gafas.

—Fijo la fecha para este juicio dentro de una semana a partir del día hoy. El viernes quince de septiembre celebraremos el juicio. ¿Tiene alguna objeción la fiscalía?

—Ninguna, su señoría.— Los dos hombres se miraron con complicidad. Habían dado el primer paso hacia un fin mayor; y le sacarían un provechoso beneficio.

—¿Y usted señor Dos Santos?

—Me opongo. —El abogado estaba perplejo—. Con la venia de su señoría, a mi cliente le pueden caer de cinco a siete años y usted apenas me da una semana para preparar la defensa.

El abogado desvió la mirada por encima del hombro. Un hombre en la última fila lo miraba furioso.

—Secretaria —dijo el juez con voz pausada—, tome nota de la oposición de la defensa.

Mórrison desvió la vista al reloj de arena.

—Se levanta la sesión —concluyó.

Un agente se acercó a la mesa donde el acusado permanecía con expresión falaz junto a Dos santos, que movía la cabeza con gesto de desaprobación. Se oyó un griterío cuando el acusado salió de la sala esposado. Dos periodistas echaron a correr agitando sus respectivos cuadernillos en las manos. El gran abogado criminalista había caído y el juicio prometía sorpresas jugosas. Los miembros de la asociación agrícola en pro de un Amazonas libre, tras cuchichear entre ellos, maldecir a su señoría y despotricar contra al viejo agricultor que había tirado la primera piedra, se levantaron bruscamente y abandonaron la sala. La oligarquía del lobby latifundista temblaba ante la sentencia que podía suponer un paso atrás del negocio millonario de la selva. El Gobierno brasileño parecía tener nuevos intereses y reclamaba sus tierras. Los antiguos aliados habían dejado de gozar de sus privilegios de antaño.

El caballo de Troya de los grandes intereses económicos mundiales estaba servido.

 

 

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El séptimo amanecer – Capítulo 4

CUATRO

Río de Janeiro, Brasil.

Tribunal de Justiça do Estado de Rio.

 

En el año 2004, seis meses antes de las elecciones generales, el candidato a la presidencia Pablo Lumba recibió de un anónimo ciudadano la aportación más generosa de toda la historia de Brasil. Por aquel entonces, Pablo tenía cuarenta años, una larga cabellera oscura y una sonrisa cautivadora. Se había doctorado por la prestigiosa Facultad Estatal de Medicina de Brasilia, donde había ejercido de médico interino durante más de una década, tras trabajar varios años en el Departamento de Enfermedades Infecciosas de una gran empresa farmacéutica. Considerado un héroe nacional por haber detectado un brote contagioso que podría haberles causado la muerte a más de treinta pacientes, los cariocas vieron en el nuevo candidato la solución a sus plegarias. Pablo tenía carisma y estaba seguro de sí mismo; sus innatos dones no pasaron desapercibidos entre los brasileños. Los hombres lo veían como un personaje en el que podían confiar, las mujeres caían rendidas por su indudable atractivo. Se caracterizaba por ser juicioso e implacable ante la injusticia y por carecer de la arrogancia que precedía a los anteriores presidentes: era sensible, intuitivo y poseía una autoridad natural. En pocas semanas el doctor se ganó los corazones de un populacho devastado por la crisis, sacudido por el aumento de la violencia y abocado por la acción del anterior presidente a la tasa de paro más elevada de los últimos veinte años. La economía de Brasil nunca había sido tan frágil y requería un cambio radical. El país tenía un nuevo salvador; un hombre recto, con una ética intachable, que, además, provenía de uno de los suburbios más marginales del país.

Lumba ganó por una mayoría aplastante.

Cuarenta millones de dólares para una campaña a la presidencia de un perfecto y hasta ahora desconocido daban mucho de sí. Aunque también tenían su precio.

 

 

 

Raramente se habían visto tantas y tan distintas fuerzas del orden bajo el mismo mando. Formando un muro de contención habían miembros de la Policía Militar, cuya responsabilidad era mantener el orden público, miembros del Departamento de Policía Federal, que dependían del Ministerio de Justicia, unidades del comando de Operaciones Especiales, y agentes de la Policía Rodoviaira Federal, encargadas del control de carreteras y de la vigilancia de las principales entradas y salidas del país. Parecían un reguero de boinas y gorras de colores diversos, expectantes y anhelantes. Impacientes.

Frente a ellos los indignados manifestantes se contaban por millares y pedían sangre; estaban las manos tamizadas de blanco, los pinturas ralladas, con sus rostros de guerra pintarrajeados, y los que cubrían su identidad con telas y pañuelos. Eran más de treinta mil exaltados los que veían la Cumbre de la Tierra como lo que era: una gran farsa.

Por si fuera poco tres horas antes había explotado un artefacto casero en las inmediaciones de la plaza, se habían destruido sucursales bancarias, incendiado containers y también cabinas telefónicas. Las amenazas de muerte que habían traído de cabeza a las fuerzas del orden habían dejado de ser una mera advertencia. Setenta y dos horas de locura, un solo lugar: los alrededores del Tribunal de Justicia de Río de Janeiro. La plebe estaba ávida de justicia y ni tan siquiera las tres contundentes cargas policiales contra el enfurecido populacho habían apaciguado los ánimos. El paro que asolaba a medio mundo, las hipotecas basuras, la crisis bancaria, la pobreza y la contaminación; todo ayudaba a que los ánimos estuviesen revueltos. Demasiado revueltos. Todavía faltaban dos días para la conferencia sobre el medio ambiente y los nervios estaban a flor de piel.

En el interior de una de las salas del Tribunal de Justiça do Estado de Río, bajo una gran lámpara de araña, dos hombres contemplaban el caos que se había formado ante sus narices. Uno de ellos era el hombre más temido y respetado de Brasil; el otro simplemente el más odiado.

—No se nos puede ir de las manos —dijo con solemnidad el presidente Pablo Lumba.

Le hablaba a su asesor, un tiparraco delgado de mirada astuta, fiel adorador de su amo y considerado por muchos como un progresista demente. Estaba frente al gran ventanal, pensativo, con el rostro frío como un tempano de hielo, silueteado por un sol que entraba a raudales en la estancia. Valoraba. Llevaba la corbata desanudada y le brillaban los ojos con inusitada ansia. Había sido un día realmente largo.

—¿Algún problema con el ingeniero?

—Mike Zorton llegará pasado mañana.

—¿A qué hora? —preguntó, sin disimular la satisfacción que le producía aquella afirmación.

—Todavía no lo sabemos—dijo casi con tono de disculpa—. ¡Doctor! —su joven ayudante era el único que lo llamaba Doctor—, ese hombre actúa con mucha cautela.

—¿Está a salvo? —preguntó.

Llevaban vigilándolo durante mucho tiempo. El ingeniero era su as ganador.

—Tenemos a nuestros chicos vigilándolo día y noche.

—¿Cuándo habéis acordado intercambiar los planos de la presa? —preguntó el Doctor.

—Antes de que empiece la Cumbre. En cuanto reciba los noventa millones de dólares en bonos al portador, no negociables, nos entregará los planos.

Lumba miró a Aaron y sonrió. El mundo se postraría a sus pies. La desorbitante cifra resultaba irrisoria ante el escalofriante porvenir de Brasil. La construcción de la presa sería la mayor construcción de la historia, solo comparable con las Pirámides de Egipto. Sin lugar a dudas Mike Zorton era un virtuoso de la ingeniería. La genialidad de su proyecto era indiscutible.

—Llevamos mucho tiempo esperando este momento. Ese hombre cambiará para siempre el futuro de Brasil.

Y el de toda la humanidad, pensó Aaron, pero no dijo nada. El presidente se acercó al mini bar, llenó dos copas de coñac y le ofreció una a su joven ayudante. Se quedó mirando fijamente a Aaron, a poco menos de dos palmos de distancia, y le puso lentamente la mano sobre el hombro.

—¿Cuándo se celebrará la vista preliminar contra la Land corporation?

Aaron bajó la mirada a su reloj.

—En pocos minutos.

—No quiero errores, Aaron. Ya sabes lo que nos estamos jugando. Nuestros socios del petróleo están nerviosos. Demasiado nerviosos. Ya nos han transferido más de ciento cincuenta millones para la construcción de la presa y no quieren errores. —El presidente estaba pletórico, aunque su expresión anunciaba hostilidad. No era para menos—. Los grandes terratenientes son cosa del pasado Aaron, pero debemos actuar con pies de plomo con esos tiparracos. No deben saber cuales son nuestras intenciones hasta que ya sea demasiado tarde para que reaccionen.

—Estamos muy cerca —contestó el joven—. Todo está saliendo según lo previsto. Los terratenientes del Amazonas pronto verán como su lucrativa selva cambia de dueño.

—Así debe ser. ¿Y el otro asunto que nos concierne?

—Ya he dado las órdenes oportunas. Ocurrirá en los próximos días.

Una ligera sonrisa ensombreció los rostros de los dos hombres.

—¡Brindemos por un Brasil rico y próspero! —exclamó el gran señor.

—Por un nuevo y luminoso amanecer —contestó el joven con fingida ironía.

El licor era excelente y ambos hombres lo saborearon en su paladar. Las voces del pasado murmullaban un nuevo comienzo para Brasil.

El asesor indicó con un ligero gesto de cabeza el revuelo del exterior, con la emoción contenida. Observaba el caos con absoluta indiferencia, una cualidad que sorprendía gratamente al presidente. El joven poseía la facultad de abstenerse de toda emoción ante cualquier tipo de adversidad. Era su chico y desempeñaba un papel crucial en el ineluctable devenir de los acontecimientos.

—¿Un habano? —preguntó con voz pausada mientras se dirigía a un mueble colonial. Sacó de él una caja ornamentada con finas hiladuras de oro.

Aaron negó con la cabeza; seguía observando a través de la ventana. El Doctor eligió un habano del número tres y se lo llevó a la nariz.

—¿Qué dicen?

El cortapuros sesgó la punta y los carnosos labios del presidente chuparon las hojas de tabaco prensadas. El humo escapó por su boca y llenó la estancia de dióxido de carbono. Tenía la mirada puesta en un informe que sostenía entre las manos.

—Lo de siempre —contestó Aaron, con ademán de desafío—. “Salvemos al Amazonas”, “un mundo sin contaminación”, “abajo el Gobierno”, “os merecéis el peor castigo”. Siempre la misma bazofia.

—Qué sabrán ellos…

Los dos hombres habían permanecido reunidos más de una hora sopesando las consecuencias que podía provocar la Cumbre del Medioambiente para sus propósitos y ambos habían llegado a la conclusión de que las aguas se calmarían cuando finalizase la Cumbre. No esperaban una reacción tan multitudinaria y menos que fuese así de virulenta, pero en ningún caso eso alteraría sus planes.

—Los medios no nos darán tregua hasta que esto termine.

—Cualquier idiota sabe que la marcha económica de un país y el dióxido de carbono van en una misma dirección.

—Cuarenta mil idiotas piensan lo contrario.

El presidente se encogió de hombros, enarcó las cejas y esbozó una gran sonrisa. Había tomado la decisión de celebrarla en Brasil con la intención de mostrar a la comunidad internacional su involucración en la lucha contra la contaminación y no era hombre que se retractase. Miró de reojo a su asesor y sonrió cuando la pelota de golf se introdujo en el agujero. El estúpido juego le ayudaba a pensar.

—No ha sido una buena idea celebrarla en Río de Janeiro—dijo Aaron.

—Lo sé —contestó sin desviar la vista del metálico hoyo.

—Pueden causar muchos problemas. Están furiosos. —Los contemplaba desde el gran ventanal del Tribunal de Justicia.

En el exterior habían jóvenes violentos anti globalización, grupos radicales de ecologistas, activistas anti progreso, movimientos verdes anti capitalismo y ecologistas libertarios, entre otros. El Palacio de Justicia era un gran polvorín.

—Siempre lo están. Odian a sus gobernantes y odian sus decadentes vidas. ¡Que se vayan a freír espárragos! Malditos necios.

Los manifestantes odiaban a los indulgentes ministros. Odiaban a la legendaria parsimonia de los ciudadanos de a pie. Y se odiaban entre ellos. Los libertarios odiaban a los verdes, eran demasiado blandos. Los radicales odiaban a los conservacionistas, demasiado tolerantes. Los que no tenían un penique a los que habían formado poderosos grupos de presión y disponían de recursos. Y absolutamente todos ellos odiaban a las intolerantes fuerzas del orden. La libertad de expresión era una excelente excusa para el enfrentamiento.

—¿Qué hacen nuestros chicos?

—Aguardan porra en mano.

El presidente Lumba sonrió satisfecho por enésima vez. Si por el fuera encerraría a los manifestantes en fríos calabozos. Todos ellos eran culpables y merecedores de largas penas de cárcel. La conferencia le estaba provocando demasiados dolores de cabeza y los colgados del medioambiente le irritaban soberanamente; actuaría con mano de hierro si era necesario. Lanzó una nueva bola y ésta se introdujo con suavidad en el metálico agujero.

—¡Magnífico!

Parecía estar disfrutando.

—¿Y los indios?

El ayudante buscó con la mirada. En la zona más alejada de la plaza había un grupo de jóvenes, estaban de pie y se apoyaban los unos en los otros. Caían y acto seguido se volvían a levantar. Eran diez o doce e iban vestidos con ropa de calle: camisas a cuadros y tejanos gastados. Sostenían algo entre las manos.

—Están borrachos. —Hizo un largo silencio y sacudió la cabeza—. Siempre están borrachos.

Los indios también tenían su excusa para odiar. Pero no eran de su santa devoción, al igual que no lo eran de su amo.

—¡Mejor!

Por encima de los manifestantes, por encima de las ONG y por encima de cualquier ser viviente, lo que más irritaba a Pablo Lumba, presidente electo de Brasil desde hacía ocho años, eran los hombrecillos de pelo largo y rostro curtido por el sol. En la última semana había mantenido dos reuniones con el consejo indigenista misionero, asistido a una aburrida gala benéfica de un jesuita de Mato Grosso do Sul, y atendido diez llamadas de otras tantas ONG; siempre por el mismo asunto: los indígenas del Amazonas sufren la explotación del hombre blanco, son invadidos, desalojados y expulsados de sus tierras. ¡Debemos hacer algo! Como si Brasil no tuviese suficientes problemas para tener que paralizarse por una panda de vagos borrachos, pensó, pero no dijo nada.

El vocerío creció en volumen y Pablo Lumba se acercó al gran ventanal. La tensión se intensificaba por momentos, también el número de manifestantes. Se empujaban los unos a los otros, gritaban, y arremetían contra el muro de hombres de ley que permanecía inhiesto frente a ellos. Insultaban y escupían. El cordón policial apenas aguantaba a los exacerbados fanáticos del medio ambiente.

Apoyó la mano en el hombro de su joven ayudante y tras unos segundos contemplando el beligerante caos y saboreando en su paladar el inminente enfrentamiento, sacudió la cabeza con resignación y añadió relamiéndose de placer:

—Le toca el turno a las porras.