El séptimo amanecer – Capítulo 5

CINCO

La sala tres del Tribunal Supremo está en el ala norte del edificio. Durante toda la mañana se habían celebrado dos juicios, pero ninguno había despertado el interés de la prensa como el que estaba a punto de empezar. Presidía la abarrotada sala el ilustrísimo juez Mórrison.

Se escuchó un murmullo cuando el magistrado ocupó el sillón en el estrado y todos se pusieron en pie.

—El Estado de Río de Janeiro contra Fernando Blas y la Land Amazon Corporation —dijo con voz autoritaria.

Devoto cristiano, padre de cuatro hijos y conservador hasta la muerte Mórrison llevaba ejerciendo su cargo desde 1978.

—Pueden sentarse.

De los jueces del tribunal Fabio Mórrison era sin duda el que más odiaba su profesión. Tenía cincuenta y dos años y después de veinte navidades en la judicatura seguía sin estómago para la gentuza que daba a parar a su sala. Evitaba los juicios por drogas o asesinatos y aceptaba cualquier litigio concerniente a empresas con balances saneados. Las recompensas eran jugosas. Mórrison cobraba sesenta mil dólares al año y su única ambición era ser reelegido en su cargo cada cuatro años. Era hombre de gustos caros: restaurantes de lujo y viajes a Europa dos veces al año. Su mujer conducía un deportivo valorado en más de cuarenta mil dólares, disponía de dos casas de veraneo en la playa y un bonito yate en el puerto deportivo de Río de Janeiro. Tenía dos ex mujeres, todavía batallaba por la pensión con una de ellas en los Tribunales, y su joven mujer era puta, amante y esposa al mismo tiempo. Contaban de él que había heredado una pequeña fortuna de un pariente lejano, fallecido en un accidente aéreo en la Antípodas, pero nadie lo sabía con certeza. Lo cierto era que gastaba dinero a espuertas y disfrutaba haciéndolo. Era ostentoso y vanidoso.

Entre sus colegas Mórrison era famoso por el alto porcentaje de sentencias absolutorias hacia las empresas demandadas. También era famoso por dirigir los preliminares más cortos de todo el Estado. Desde hacía veinte años ninguno de ellos había superado los veinte minutos.

El magistrado echó un vistazo a la sala y sonrió. Contó un total de doce miembros de la prensa. Conocía a la mayoría. También contó al menos diez miembros de la asociación de agricultores, como no podía ser de otra manera. Dos miembros de la ONG Survival, cuatro oficiales de justicia, tres misioneros, y otros tantos defensores de los derechos de los indígenas en el Amazonas. No estaba nada mal. El acusado permanecía sonriente al lado del letrado defensor.

Dio un sorbo a un vaso de agua y ojeó el sumario a través de las finas gafas. Era puro teatro. Levantó la vista y miró al abogado defensor, luego al fiscal general Pinheiro y por último al reloj de arena que yacía junto a él. Le dio la vuelta y lo apoyó sobre la madera de roble. La arena comenzó a formar círculos en la superficie superior mientras una hiladura de arena blanca caía lentamente por un diminuto orificio.

—Acérquense los letrados al estrado.

Los dos hombres avanzaron en silencio.

—No permitiré ningún desacatado a este tribunal. No permitiré que me hagan perder el tiempo con chácharas sin sentido. Y no permitiré bajo ningún concepto que esta vista preliminar se alargue más de veinte minutos. ¡Me he expresado con claridad! —Los dos hombres asintieron al unísono—. Regresen a sus asientos señores letrados.

Dirigió la mirada al abogado de la defensa.

—Tengo entendido que su cliente declaró en presencia de la policía local del Estado de Para que disparó contra tres caciques por el allanamiento de sus tierras. ¿Es eso correcto señor Dos santos?

Un viejo productor de soja había disparado a bocajarro a tres indígenas en una como tantas otras plantaciones ilegales de soja. Los tres hombres habían logrado escapar con el rabo entre las piernas, entre tropezones y maldiciones, y días después habían acusado al agricultor de usurpación de tierras públicas y de intento de asesinato, respaldados por el Movimiento de los Sin Tierra, la organización más antigua y combativa de Brasil. Dos Santos era el abogado del acusado.

—Sí señoría —respondió Dos santos, tras garabatear algo en un cuadernillo.

Apasionado defensor de cualquier individuo que pudiese pagar unos honorarios no inferiores a cuatrocientos dólares la hora, Dos Santos era lo que se llama un work-adicto. Trabajaba dieciocho horas al día, siete días a la semana, treinta días al mes, doce meses al año y no tenía ninguna afición que no fuese dedicar las horas enteras al estudio de las leyes. Su bufete era el más prestigioso de la costa atlántica brasileña. Tenía oficinas en Argentina, Paraguay y Venezuela.

—¿Alguien ha resultado herido?

—No señoría.

Dos Santos esbozó una gran sonrisa ante el hecho de que el juez asignado al caso fuese Mórrison. Era un tipo manejable por lo que la vista preliminar terminaría en pocos minutos, antes de que la arena del reloj llenase el triángulo inferior y antes incluso de que el dibujante, concentrado en el acusado, sacase su perfil más favorecido. Consultó su reloj. Eran las dos y media del mediodía.

—¿El señor Blas conocía a los demandantes el día en que los hechos ocurrieron?

—No señoría.

—¿Disparó a matar?

—No señoría.

Dos Santos apoyó la mano en el antebrazo del acusado. Le daba pequeños golpes mientras le susurraba algo al oído, aparentemente importante. El acusado sonrió confiado. No era la primera vez que lo acusaban y que hacia el paripé delante del juez; su absolución llegaría en pocos minutos. Pronto disfrutaría de un té helado en su bonita hacienda rodeada del preciado oro verde. Además, Dos santos era el mejor, y esos malditos indios se merecían cada una de esas balas. De lo único que se lamentaba era de haber fallado. Ya tendría ocasión de ajustar cuentas.

—Deberían colgar a todos esos putos indígenas —gritó alguien—. Son unos salvajes.

—Orden en la sala —vociferó el juez, agitando el índice en señal de advertencia. Le irritaban los alborotadores en su sala—. ¿Se declara su cliente inocente del cargo de intento de asesinato? —prosiguió.

Los perros viejos son soberbios por naturaleza y Dos Santos era un sabueso legendario. Conociendo el devenir de los acontecimientos afirmó con la cabeza, sin mirar al juez y sin parpadear. Luego dijo:

—Por supuesto, señoría. Mi cliente disparó al aire —añadió mientras se arreglabla la corbata de seda para los dibujantes. El rojo combinaba de fábula con el amarillo canario. Había sido una excelente elección.

—¿Han condenado alguna vez a su cliente?

—No, señoría.

—¿Solicitará que su cliente salga en libertad bajo fianza? —preguntó.

El abogado echó una mirada a la sala y les brindó una ligera sonrisa a los espectadores. Sabía que los reporteros de los principales medios de comunicación estaban ansiosos por escribir sobre el nuevo triunfo del picapleitos más astuto de los tribunales y la televisión esperaba pacientemente en la puerta del Tribunal. Eran unos papanatas que comían de su mano. El gran abogado se había cerciorado de que todos y cada uno de aquellos mentecatos recibiera una bonita fotografía en la que posaba junto a una estantería de nogal repleta de tomos legales. Ni siquiera había necesitado preparar una estrategia de defensa para su cliente.

—Supone bien señoría—respondió altivo.

—¿Previamente solicitará el sobreseimiento del caso?

—Sí, señoría.

Mórrison consultó su reloj. El tiempo corría en su contra.

—¿Basará la defensa su alegato en que esos hombres estaban en las tierras del señor Blas?

Se rumoreaba que el verdadero motivo del juicio era una disputa territorial entre latifundistas e indígenas, auspiciado por la ONG. En el año dos mil siete el Congreso brasileño, a instancias del actual gobierno, había aprobado la legalización del cultivo genéticamente modificado y acordado privatizar cinco mil kilómetros cuadrados para los agro negocios. El superávit de la exportación agrícola era una fuente importante para pagar la deuda externa del país y esperaban inyectar de este modo una nueva inyección a la debilitada economía del país. Además había un acuerdo tácito mediante el cual se hacía la vista gorda cuando se ocupaban tierras que eran destinadas a la agricultura y ganadería. Una sentencia condenatoria contra el productor de soja y la devolución de las tierras al Estado o en su caso a los indígenas podía provocar un efecto cascada. Las tierras que cultivaban indiscriminadamente los grandes productores de soja bajo la ley del talión se cifraban en una superficie equivalente al quince por ciento del Amazonas. La defensa sostenía que la Land Corporation era la propietaria legal de las tierras por usucapión y que Rafael Blas estaba en su pleno derecho de defender sus tierras de los intrusos.

—Sí, Señoría. La defensa opina que no hay delito. Esas tierras están destinadas a la producción agrícola y han sido cultivadas y explotadas por mi cliente desde el año dos mil trece. El señor Blas es un hombre trabajador y responsable.

—Reyertas, altercados, intimidación, intento de asesinato y utilización de tierras publicas por parte de su cliente —dijo de pronto—. En mi opinión sí hay delito.— El magistrado sonó tajante. Desvió la vista al fiscal.

—¿Usted qué opina Pinheiro?

Pinheiro era el Fiscal del Estado y gran amigo del juez Mórrison. Ambos eran de la cuadrilla del presidente Lumba desde que tenían uso de razón. Se conocían bien y habían recibido ordenes claras y precisas del presidente.

El fiscal se levantó y se acercó al estrado.

—La fiscalía solicita que se deniegue la libertad bajo fianza. ¡Señoría!, el señor Blas no es propietario de esa tierra. El señor Blas utiliza gatilleros para desalojar las tierras que son propiedad del Estado. Y el señor Blas apretó el gatillo con intención de matar. No podemos permitir que la masacre contra los pueblos indígenas continúe.

En las últimas filas de la sala se escuchó un gran alboroto. ¿Tierras del Estado? Los miembros de la asociación en pro de un Amazonas libre y del cultivo de las tierras del Estado se revolvieron inquietos en sus asientos. ¿Masacres? El Estado era el principal interesado en promover la explotación agraria a favor de los grandes capitales agropecuarios. ¿Qué diablos decía Pinheiro?

—El acusado ha protagonizado infinidad de episodios violentos en el pasado—prosiguió Pinheiro. Me repugna pensar que en el Amazonas la vida de un indígena vale tres mil reales y siete mil la de un cacique. ¡Es asqueroso!

—Estoy de acuerdo—contestó el juez.

—Ese hombre —Pinheiro señaló inquisitivamente al acusado— es un peligro para la sociedad. La supervivencia de los pueblos indígenas está en juego. Por supuesto disparó a matar. Por supuesto erró en sus intenciones. Y por supuesto su intención era asesinar.

—Protesto señoría.

—Denegada—rugió el juez.

Olía a conspiración. El fiscal levantó la voz.

—El balance de los últimos tres años en esas tierras habla por sí solo: ciento veintidós indígenas asesinados, miles de hogares destruidos con excavadoras, noventa y nueve casos de agresiones violentas, cien conflictos territoriales, más de cien casos de explotación ilegal, sesenta y dos casos de agresiones por racismo y discriminación cultural, sin contar con los setenta y tres suicidios por desalojo de tierras. Esto no es ficción, es una jodida realidad. El señor Fernando Blas representa en sí mismo al tipo de individuo que se cree con el derecho propio de actuar por encima de la ley y de reírse de los tribunales. Además dispone de los suficientes recursos para desaparecer del país sin dejar rastro. Lo cierto es que debería estar entre rejas.

—¿Tiene antecedentes el acusado?

—No señoría—dijo Dos Santos, alzando la voz.

—Denegada la solicitud de libertad bajo fianza.

En circunstancias normales el juez hubiese otorgado la libertad bajo fianza. En circunstancias normales la vista preliminar con ese mal nacido de juez se habría solucionado con una sobre. Y en circunstancias normales Dos Santos no tendría que verse indefenso frente al puñado de reporteros que se relamían tras él. ¡Maldita sea!, la vista preliminar había sido una gran farsa. ¿Qué diablos estaba pasando? Lanzó una mirada por encima del hombro y sus ojos se clavaron en uno de los hombres que presenciaban la vista. Tenía aspecto hastiado. La prensa no era la mayor de sus preocupaciones y Dos Santos lo sabía. Carraspeó y bebió más agua. La sensación de fracaso era acuciante y no podía permitirlo.

—Es inaudito su señoría. Mi cliente no ha asesinado a nadie y se le está tratando como a un vulgar asesino. Con la venia de su señoría queremos solicitar un cambio de jurisdicción.

—La acusación se opone—dijo escuetamente la fiscalía.

—A su cliente se le acusa de intento de asesinato. El juicio se celebrará en este Tribunal, bajo mi mandato —dijo el juez con voz firme. Hizo resonar su maza—. Queda denegada la moción de cambio de jurisdicción.

—La defensa se opone —chilló.

—Sí, claro—contestó el juez.

Dos Santos no había perdido un solo juicio desde 1987. Drogas, corrupción, evasión de impuestos, asesinato y un largo etcétera; ni un solo litigio perdido. Su bufete Dos Santos & Bradborts se ocupaba de todos los casos importantes del país, representaba los intereses de hombres poderosos y tenía fama de manejar los tribunales a su antojo. Estaba bien relacionado con el gobierno y la judicatura del país, y disfrutaba especialmente con los casos de asesinato y de corrupción. Además recibía una suculenta cantidad fija en cuestión de honorarios de la asociación de agricultores para dar preferencia a cualquier litigio que surgiese. ¿Quién diablos se creía que era ese maldito juez?

—Esto es intolerable—vociferó fuera de sí.

Un fuerte murmullo llenó la sala. El alguacil pidió orden.

—Señor Dos Santos, en este Tribunal no permitiré salidas de tono —dijo Mórrison con tono serio y pausado—. ¿Me he expresado con claridad?

El juez le estaba haciendo sudar la gota gorda. Bebió más agua.

—Sí, señoría.

—La defensa solicita un aplazamiento.

—Denegada la solicitud.

—Pero, señoría…

El juez levantó la mano en ademán de silencio. Consultó su calendario a través de las gruesas gafas.

—Fijo la fecha para este juicio dentro de una semana a partir del día hoy. El viernes quince de septiembre celebraremos el juicio. ¿Tiene alguna objeción la fiscalía?

—Ninguna, su señoría.— Los dos hombres se miraron con complicidad. Habían dado el primer paso hacia un fin mayor; y le sacarían un provechoso beneficio.

—¿Y usted señor Dos Santos?

—Me opongo. —El abogado estaba perplejo—. Con la venia de su señoría, a mi cliente le pueden caer de cinco a siete años y usted apenas me da una semana para preparar la defensa.

El abogado desvió la mirada por encima del hombro. Un hombre en la última fila lo miraba furioso.

—Secretaria —dijo el juez con voz pausada—, tome nota de la oposición de la defensa.

Mórrison desvió la vista al reloj de arena.

—Se levanta la sesión —concluyó.

Un agente se acercó a la mesa donde el acusado permanecía con expresión falaz junto a Dos santos, que movía la cabeza con gesto de desaprobación. Se oyó un griterío cuando el acusado salió de la sala esposado. Dos periodistas echaron a correr agitando sus respectivos cuadernillos en las manos. El gran abogado criminalista había caído y el juicio prometía sorpresas jugosas. Los miembros de la asociación agrícola en pro de un Amazonas libre, tras cuchichear entre ellos, maldecir a su señoría y despotricar contra al viejo agricultor que había tirado la primera piedra, se levantaron bruscamente y abandonaron la sala. La oligarquía del lobby latifundista temblaba ante la sentencia que podía suponer un paso atrás del negocio millonario de la selva. El Gobierno brasileño parecía tener nuevos intereses y reclamaba sus tierras. Los antiguos aliados habían dejado de gozar de sus privilegios de antaño.

El caballo de Troya de los grandes intereses económicos mundiales estaba servido.

 

 

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El séptimo amanecer – Capítulo 1

 

UNO

 

Zúrich, Suiza

 

Los habían vigilado durante más de cuatro años, asignando a cada uno de los chicos dos ex agentes del Gobierno que los acechaban procurando no despertar sospechas.

Los habían seguido de día y de noche, entrado en sus lujosas mansiones, e instalado sofisticadas escuchas en todos sus dispositivos.

Por eso estaban al tanto de todos los pormenores de sus vidas. Sabían cuando abrían una botella de bourbon, que días jugaban a póquer y como olían sus colonias de quinientos dólares, incluso sabían cuando practicaban sexo.

También habían merodeado su vecindad y amistades para obtener cualquier información que les pudiese ser útil.

Y después del selectivo y tedioso seguimiento, treinta y dos chicos con intelectos que superaban los ciento ochenta, considerado el umbral de los que se hacen llamar superdotados en la escala Wechsler, habían sido escogidos. Ellos serían los futuros ingenieros de caminos, matemáticos, agrónomos, genios informáticos y más de una veintena de profesionales que, cuando llegase el momento oportuno, les resultarían tremendamente útiles. De hecho estaba previsto que la educación de cada chico costase la friolera suma de cinco millones de dólares. Les asignarían mentores, que al igual que ellos, eran genios en sus respectivas materias, y les instruirían en lenguas y religión. Por eso sabían que los treinta y dos jóvenes serían una eminencia dentro de su propio campo.

Juntos crearían una nueva y moderna Arca de Noé.

Eran las nueve de la noche del primer lunes de julio cuando el último invitado a participar en la asamblea de iniciación a tan selecto grupo de prodigios hizo chirriar la puerta principal de la vetusta iglesia de San Lorenzo. Mientras avanzaba, con la vista puesta en todos aquellos adolescentes adinerados, herederos de las principales fortunas del planeta, se dio cuenta de la importancia de su presencia ahí. El chico tenía el rostro empapado por la lluvia y estaba casi sin aliento, pero sentía por dentro una emoción que palpitaba intensamente y su rostro mostraba una radiante sonrisa. Tras superar las tres entrevistas de rigor; la primera y segunda con hombres que apenas recordaba los nombres, y la tercera con el legendario amante de los animales y de las plantas, sabía que había superado la prueba. Que estuviera en aquel lugar era el reconocimiento que tanto tiempo había esperado por sus ideales en pro de un nuevo mundo sin contaminación.

—Arthur Mc Claren —susurró uno de los chicos.

El lugar que había elegido el conferenciante para la primera charla con los chicos estaba en medio de una llanura de aspereza salvaje, desolada a lo largo de cinco millas, de norte a sur. A varios kilómetros de ahí, en los cuatro puntos cardinales alrededor de la iglesia, cuatro agentes vigilaban desde un coche de alquiler que no se acercase ningún intruso. Nadie en las poblaciones colindantes sospechaba que en el exterior de ese lugar sin amo, rodeado de abetos centenarios, treinta y tres vehículos de gama alta esperaban a que sus jóvenes dueños emprendieran el camino de vuelta al aeropuerto privado de Saurance. El secretismo era de vital importancia.

En ningún caso podía transcender a ninguna persona ajena a la hermandad los antiguos secretos que estaba a punto de desvelar.

—Bienvenido Arthur—dijo el hombre, ocultaba parte de su rostro bajo la sombra de un arco ovalado—. Te esperábamos.

El recién llegado clavó la vista en la única silla vacía y avanzó despacio hasta ocupar su sitio, mientras el conferenciante recorría con la mirada las filas de asientos y sonreía con orgullo. Había sido un proceso muy largo.

Repasó mentalmente los nombres, sus fortalezas y sus debilidades. Con anterioridad a la conferencia, la agencia de detectives Brisne & Associates, con delegaciones en más de treinta de países, le había entregado el extenso y exhaustivo informe que desmembraba cada uno de los pormenores de la vida de los jóvenes. Costumbres, intereses, relaciones sentimentales y vocaciones. También secretos inconfesables. Como era de esperar los chicos eran de por sí inconformistas, de familias inmensamente ricas pero parcialmente desestructuradas, partidarios de la defensa incondicional del medioambiente, ambiciosos, hermosos, inteligentes y herederos de grandes fortunas. Treinta y dos estudiantes rigurosamente seleccionados entre más de treinta mil muchachos; todos ellos caucásicos sin excepción. Los asiáticos, árabes y hombres de color habían sido descartados de antemano. La excusa que había dado el cliente a la agencia de detectives para justificar el laborioso proceso de selección, que había durado mas de cuatro años, era que los escogidos pasarían a formar parte de una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, especializada en asuntos medioambientales y económicos, solo apta para unos pocos privilegiados. Sin embargo, solo él conocía los verdaderos motivos que le habían llevado a diseccionar como si fuera un hábil cirujano la vida de aquellos jóvenes.

—Mc Claren es el heredero de la Global Infinite Company —susurró una voz en la cuarta fila. — Es un genio de la informática.

La sala estaba iluminada vagamente por la luz de diez candelabros cuidadosamente dispuestos, y le infería al lugar un aire tenebroso e intimidatorio. Mc Claren pensó que el resplandor de los truenos, que reverberaban en el exterior igual que ecos lastimeros de mortal tristeza, era la guinda del pastel, pero se sentía orgulloso de estar en aquel lugar. Posó la mirada en la figura que ahora avanzaba hacia el centro de la sala y volvió a sonreír con satisfacción. La entrevista que mantuvo con él apenas duró veinte minutos, pero quedó ensimismado por el aura de aquel hombre menudo de ojos claros y brillantes; el conferenciante era un icono para todos los que estaban allí reunidos.

Contaban de él que pertenecía a una familia cuya dinastía se remontaba a los inicios de la cristiandad. Y sabían que era un hombre tremendamente religioso que tenía gran poder en el Vaticano. También sabían que poseía una de las mentes más privilegiadas del mundo y que era inmensamente rico. Que los hubiera elegido a ellos era como besar a un santo. Los asistentes conocían de sobras la fama del legendario embajador de la lucha contra el cambio climático. A pesar de su aspecto menudo y avanzada edad nadie dudaba que era un hombre duro e implacable con los que atentaban contra la naturaleza.

—Todos habéis venido por vuestra propia voluntad—dijo el venerable conferenciante con voz suave, mientras hojeaba el expediente.

—Sí—clamaron.

—Todos habéis firmado un contrato de confidencialidad para pertenecer a nuestra hermandad.

—Sí—volvieron a clamar.

—Si alguno de vosotros no está seguro de su presencia aquí puede abandonar ahora la iglesia.

Los chicos se miraron entre ellos, expectantes, pero no hubo respuesta, ni signo alguno de abandonar la iglesia.

—Albert Einstein habría dicho sobre los incendios petroleros de Kuwait que la estupidez humana es infinita, y el mismo Dante los habría incluido en la Divina Comedia. Los causantes de toda catástrofe son conocidos por su nombre de poder, “presidente de la nación mas poderosa del mundo”, “presidente del lobby petrolero”, “CEO de la Asociación Nacional del Rifle”, o “amigo de la Casa Blanca”. Sin embargo sus nombres son mucho más simples. Deberíamos llamarlos “Reagan el idiota”, o “Mohammed el estúpido”, o “Bryan el necio”. Einstein ya lo tenía claro hace ciento cincuenta años. Igual que yo tengo claro que ¡Hermes!, ¡Ankou!, “el barón Somedi” o “Xólosi” son ángeles, y no gobernantes del inframundo, si comparamos sus actos con los actos de nuestras notables autoridades mortales a favor de la era tecnológica del mundo actual. Habéis venido a mí porque todos vosotros amáis el planeta en el que vivimos y sois firmes defensores del medioambiente. ¿Juráis solemnemente por el honor de vuestras familias que no desvelareis los misterios que hoy os serán revelados?

En opinión del conferenciante los humanos eran débiles. Demasiado débiles.

—Lo juramos—se oyó al unísono.

—¿Estáis dispuestos a cambiar el mundo?

—Por supuesto —clamaron. Las palabras resonaron en la oquedad del espacio con entusiasmo.

—¡Cerrad los ojos! —ordenó el conferenciante, con inusitada aspereza.

Los treinta y tres jóvenes obedecieron y la efímera luz que provenía de la tormenta se desvaneció al instante. Se hizo un silencio mortal, solo interrumpido por las suelas de los zapatos italianos del conferenciante, que caminaba con paso firme hacia el altar, donde un antiguo tocadiscos, vestigio de una época pasada, coronaba un atril.

—Amo la Novena Sinfonía— susurró cuando la pluma del aparato levantó el vuelo y descendió al instante para acariciar el vinilo. Los ojos azules del conferenciante brillaban lanzando centellas. Unos segundos después, las notas, de inusitada belleza, resonaban con efervescencia golpeando las paredes decadentes.

La oscuridad pareció dar paso en la mente de los chicos a una claridad juguetona y eterna.

—Es el momento de ponernos en marcha y enviar una nube tóxica a todos esos gobiernos y oportunistas irresponsables que hasta ahora han ignorado las voces de nuestro planeta —dijo con videncia imaginativa, apoyando los codos en el atril.

—Estamos impacientes—grito alguien.

Durante la hora siguiente el misticismo de las palabras del conferenciante se mezcló con la melodía, provocando el más absoluto quietismo en los jóvenes, resultado del imponente y severo mensaje del orador. El cambio climático, el deshielo del Ártico, la deforestación, la acidificación de los océanos, la brutalidad de los ataques tóxicos a la fauna y a la flora, entre otros muchos temas, fueron analizados desde una perspectiva insospechada. El orador vaticinaba un futuro que cambiaría el devenir de la historia, no solo la de los chicos. Había llegado el momento de invertir los cimientos de un mundo abocado a la extinción de las especies, y aquel hombre parecía el poseedor de una aterradora verdad cuya existencia estaba documentada en textos muy antiguos. Elegía las palabras con sumo cuidado y sonaban con intacta delicia, para arremeter sobre los jóvenes con su lacerante y abrumador mensaje. El halo de autoridad del ilustre conferenciante solo era comparable con la determinación de un mensaje denso y demoledor que había sido transmitido de generación en generación.

“Es él”.

Miraba el documento de varios centímetros de grosor que todavía sostenía en las manos. Tres nombres destacaban respecto a los demás con un círculo de color malva.

A veces basta con una sola mirada. En ocasiones se trata de una mera intuición. El orador supo sin el menor asomo de duda que no se había equivocado. Pocas veces lo hacía. Un apuesto joven situado en la tercera fila, junto a una hermosa muchacha de cabellos dorados, era el elegido para llevar a cabo la misión más importante.

“Él será el detonante”.

El orador estaba pletórico.

Después de una hora de discurso, que siguió a un entrevista personal que se había alargado durante dos días, solo con tres de los treinta y dos chicos había dedicado tanto tiempo para charlar sobre sus ambiciones, familia e ideales, y después de pasar cuatro años siguiéndolo y escudriñando su vida, estaba seguro de que el joven de la tercera fila era la elección correcta.

El chico parecía estar en calma, casi dormido, pero la realidad era muy distinta. Las palabras del orador le estaban resultando excitantes, tremendamente sinceras, también aterradoras e inquietantes. Dos visiones idénticas con pensamientos contrapuestos, una única voz. Los oscuros paisajes envenenados del alma humana se desnudaban frente a él.

Dicen que los hechos fortuitos en ocasiones adoptan la apariencia de sueños, otras, de pesadillas. A veces son conversaciones lo suficientemente profundas para adentrar a los hombres en un mundo desconocido, que impide discernir con claridad el próximo movimiento. Y en esos momentos te subes a un nuevo tren que te llevará hacia un destino incierto, que quizás no sea el tuyo.

El joven supo desde el primer instante que ese era el inicio de un aterrador viaje al lugar donde habitan los monstruos que aparecen en las pesadillas.

 

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Brasil dio luz verde a una polémica gran presa amazónica que despojó de sus casa a miles de indígenas – crítica desde “El séptimo amanecer”.

“La presa del rio Xingu es uno de los escenarios donde transcurre la novela. En este lugar dejado por la mano de Dios de nada han servido las protestas de los aborígenes y organizaciones como Survival para parar la catástrofe ecológica que ha supuesto la presa”.

Os explico por qué …

La finalización del proyecto hidroeléctrico de Belo Monte, en el río Xingú (Estado de Pará, Brasil), ha dado lugar a la tercera mayor presa del mundo. Está es una de las críticas que hace “El séptimo amanecer” ante el avance indiscriminado del capitalismo en contra de uno de los lugares más hermosos y vírgenes del mundo. La represa es un proyecto que ha desnudado y puesto en evidencia la colección de males sociales de Brasil, desvelando el modus operandi entre las constructoras y el Gobierno.

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Belo Monte es más que una megapresa, es el símbolo de la corrupción en este país. Y el río Xingú, antes uno de los ríos más ricos en biodiversidad de la Amazonia, es ahora un foco de problemas para Brasil y para el clima planetario.

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El Gobierno de Brasil concedió en el 2010 la licencia medioambiental para la construcción de la controvertida presa hidroeléctrica de Belo Monte, en la Amazonia.La presa es la tercera más grande del mundo con un coste estimado de 17 mil millones de dólares.

Ha inundado más de 500 km2 de tierra, provocando una gran destrucción de la selva y ocasionando gran daño a la fauna y flora local.

Los modos de vida de miles de indígenas que dependen del bosque y del río para obtener alimento y agua han sido destruidos. Algunos se enfrentan a la expulsión su tierra ancestral.

Actualmente los pueblos indígenas están al frente de las protestas actuales.

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El proyecto ha sido criticado desde su inicio por organizaciones ambientalistas y de derechos humanos como Survival International, ya que anegaría una extensa área de tierra, desecaría partes del río Xingú, destruiría la selva y reduciría las reservas de peces imprescindibles para la supervivencia de distintos pueblos indígenas de la zona, como los kayapó, arara, juruna, araweté, xikrin, asurini y parakanã.

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Así que este es uno de los motivos por los que he querido denunciar esta atrocidad eligiendo este escenario para la novela.

¿Cómo soléis elegir los lugares para vuestras historias? ¿Suelen ser reales o inventados?

 

 

 

 

Sinopsis El séptimo amanecer

Sinopsis

 Durante su viaje a la Cumbre de la Tierra en Brasil, Mauro De Falco se ve inmerso en una trama medioambiental que puede alcanzar proporciones catastróficas. Los antiguos intereses del Amazonas están cambiando a favor de la industria petrolera y de una farmacéutica,  que amenazan con destruir el mayor pulmón del planeta. La misteriosa muerte de tres fiscales del Estado y un repentino virus que está infectando a las tribus indígenas provocarán que Mauro inicie una épica batalla contra la gigantesca industria del petróleo. Solo sus fuertes convicciones y el reciente amor por una periodista, le dará las fuerzas suficientes para llevar a cabo un atrevido y arriesgado plan, aun a costa de su propia vida.

No obstante, la crisis del Amazonas es solo la punta del iceberg.

La progresiva destrucción de los recursos naturales, un colapso financiero sin precedentes, atentados terroristas y conspiraciones dentro del seno de la Iglesia están provocando cambios en la naturaleza que nadie llega a comprender.

La humanidad corre un grave peligro.

Nota del autor: _______________________________________________________________________

La novela promulga la defensa del medio ambiente y la denuncia de la irresponsable alteración, por intereses políticos y económicos, del equilibrio ecológico de la Tierra. La acción principal pone el foco en la selva amazónica y en los intereses especulativos  que confluyen en ella desde un punto de vista realista. Pero hay también otros escenarios, como la Gran Barrera de Coral australiana, donde el mar comienza a mostrar transformaciones preocupantes ante los continuos atentados a que es sometido, o la ciudad de Barcelona. La totalidad del mundo es el escenario de los destructores y defensores del medio ambiente.

Por la obra desfilan figuras del máximo relieve político y económico, incluidos el presidente de Brasil o el ministro del Interior británico; clérigos bien situados en el organigrama vaticano; representantes del poder judicial; empresas y empresarios de compañías petrolíferas, farmacéuticas o agrícolas; representantes de medios de comunicación; organizaciones ecologistas; nativos de tierras explotadas; espías informáticos; asesinos a sueldo; sociedades secretas en pro y en contra de los atentados medioambientales, y un sinfín de personajes que convierten la obra en una novela coral.

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