El séptimo amanecer – Capítulo 4

CUATRO

Río de Janeiro, Brasil.

Tribunal de Justiça do Estado de Rio.

 

En el año 2004, seis meses antes de las elecciones generales, el candidato a la presidencia Pablo Lumba recibió de un anónimo ciudadano la aportación más generosa de toda la historia de Brasil. Por aquel entonces, Pablo tenía cuarenta años, una larga cabellera oscura y una sonrisa cautivadora. Se había doctorado por la prestigiosa Facultad Estatal de Medicina de Brasilia, donde había ejercido de médico interino durante más de una década, tras trabajar varios años en el Departamento de Enfermedades Infecciosas de una gran empresa farmacéutica. Considerado un héroe nacional por haber detectado un brote contagioso que podría haberles causado la muerte a más de treinta pacientes, los cariocas vieron en el nuevo candidato la solución a sus plegarias. Pablo tenía carisma y estaba seguro de sí mismo; sus innatos dones no pasaron desapercibidos entre los brasileños. Los hombres lo veían como un personaje en el que podían confiar, las mujeres caían rendidas por su indudable atractivo. Se caracterizaba por ser juicioso e implacable ante la injusticia y por carecer de la arrogancia que precedía a los anteriores presidentes: era sensible, intuitivo y poseía una autoridad natural. En pocas semanas el doctor se ganó los corazones de un populacho devastado por la crisis, sacudido por el aumento de la violencia y abocado por la acción del anterior presidente a la tasa de paro más elevada de los últimos veinte años. La economía de Brasil nunca había sido tan frágil y requería un cambio radical. El país tenía un nuevo salvador; un hombre recto, con una ética intachable, que, además, provenía de uno de los suburbios más marginales del país.

Lumba ganó por una mayoría aplastante.

Cuarenta millones de dólares para una campaña a la presidencia de un perfecto y hasta ahora desconocido daban mucho de sí. Aunque también tenían su precio.

 

 

 

Raramente se habían visto tantas y tan distintas fuerzas del orden bajo el mismo mando. Formando un muro de contención habían miembros de la Policía Militar, cuya responsabilidad era mantener el orden público, miembros del Departamento de Policía Federal, que dependían del Ministerio de Justicia, unidades del comando de Operaciones Especiales, y agentes de la Policía Rodoviaira Federal, encargadas del control de carreteras y de la vigilancia de las principales entradas y salidas del país. Parecían un reguero de boinas y gorras de colores diversos, expectantes y anhelantes. Impacientes.

Frente a ellos los indignados manifestantes se contaban por millares y pedían sangre; estaban las manos tamizadas de blanco, los pinturas ralladas, con sus rostros de guerra pintarrajeados, y los que cubrían su identidad con telas y pañuelos. Eran más de treinta mil exaltados los que veían la Cumbre de la Tierra como lo que era: una gran farsa.

Por si fuera poco tres horas antes había explotado un artefacto casero en las inmediaciones de la plaza, se habían destruido sucursales bancarias, incendiado containers y también cabinas telefónicas. Las amenazas de muerte que habían traído de cabeza a las fuerzas del orden habían dejado de ser una mera advertencia. Setenta y dos horas de locura, un solo lugar: los alrededores del Tribunal de Justicia de Río de Janeiro. La plebe estaba ávida de justicia y ni tan siquiera las tres contundentes cargas policiales contra el enfurecido populacho habían apaciguado los ánimos. El paro que asolaba a medio mundo, las hipotecas basuras, la crisis bancaria, la pobreza y la contaminación; todo ayudaba a que los ánimos estuviesen revueltos. Demasiado revueltos. Todavía faltaban dos días para la conferencia sobre el medio ambiente y los nervios estaban a flor de piel.

En el interior de una de las salas del Tribunal de Justiça do Estado de Río, bajo una gran lámpara de araña, dos hombres contemplaban el caos que se había formado ante sus narices. Uno de ellos era el hombre más temido y respetado de Brasil; el otro simplemente el más odiado.

—No se nos puede ir de las manos —dijo con solemnidad el presidente Pablo Lumba.

Le hablaba a su asesor, un tiparraco delgado de mirada astuta, fiel adorador de su amo y considerado por muchos como un progresista demente. Estaba frente al gran ventanal, pensativo, con el rostro frío como un tempano de hielo, silueteado por un sol que entraba a raudales en la estancia. Valoraba. Llevaba la corbata desanudada y le brillaban los ojos con inusitada ansia. Había sido un día realmente largo.

—¿Algún problema con el ingeniero?

—Mike Zorton llegará pasado mañana.

—¿A qué hora? —preguntó, sin disimular la satisfacción que le producía aquella afirmación.

—Todavía no lo sabemos—dijo casi con tono de disculpa—. ¡Doctor! —su joven ayudante era el único que lo llamaba Doctor—, ese hombre actúa con mucha cautela.

—¿Está a salvo? —preguntó.

Llevaban vigilándolo durante mucho tiempo. El ingeniero era su as ganador.

—Tenemos a nuestros chicos vigilándolo día y noche.

—¿Cuándo habéis acordado intercambiar los planos de la presa? —preguntó el Doctor.

—Antes de que empiece la Cumbre. En cuanto reciba los noventa millones de dólares en bonos al portador, no negociables, nos entregará los planos.

Lumba miró a Aaron y sonrió. El mundo se postraría a sus pies. La desorbitante cifra resultaba irrisoria ante el escalofriante porvenir de Brasil. La construcción de la presa sería la mayor construcción de la historia, solo comparable con las Pirámides de Egipto. Sin lugar a dudas Mike Zorton era un virtuoso de la ingeniería. La genialidad de su proyecto era indiscutible.

—Llevamos mucho tiempo esperando este momento. Ese hombre cambiará para siempre el futuro de Brasil.

Y el de toda la humanidad, pensó Aaron, pero no dijo nada. El presidente se acercó al mini bar, llenó dos copas de coñac y le ofreció una a su joven ayudante. Se quedó mirando fijamente a Aaron, a poco menos de dos palmos de distancia, y le puso lentamente la mano sobre el hombro.

—¿Cuándo se celebrará la vista preliminar contra la Land corporation?

Aaron bajó la mirada a su reloj.

—En pocos minutos.

—No quiero errores, Aaron. Ya sabes lo que nos estamos jugando. Nuestros socios del petróleo están nerviosos. Demasiado nerviosos. Ya nos han transferido más de ciento cincuenta millones para la construcción de la presa y no quieren errores. —El presidente estaba pletórico, aunque su expresión anunciaba hostilidad. No era para menos—. Los grandes terratenientes son cosa del pasado Aaron, pero debemos actuar con pies de plomo con esos tiparracos. No deben saber cuales son nuestras intenciones hasta que ya sea demasiado tarde para que reaccionen.

—Estamos muy cerca —contestó el joven—. Todo está saliendo según lo previsto. Los terratenientes del Amazonas pronto verán como su lucrativa selva cambia de dueño.

—Así debe ser. ¿Y el otro asunto que nos concierne?

—Ya he dado las órdenes oportunas. Ocurrirá en los próximos días.

Una ligera sonrisa ensombreció los rostros de los dos hombres.

—¡Brindemos por un Brasil rico y próspero! —exclamó el gran señor.

—Por un nuevo y luminoso amanecer —contestó el joven con fingida ironía.

El licor era excelente y ambos hombres lo saborearon en su paladar. Las voces del pasado murmullaban un nuevo comienzo para Brasil.

El asesor indicó con un ligero gesto de cabeza el revuelo del exterior, con la emoción contenida. Observaba el caos con absoluta indiferencia, una cualidad que sorprendía gratamente al presidente. El joven poseía la facultad de abstenerse de toda emoción ante cualquier tipo de adversidad. Era su chico y desempeñaba un papel crucial en el ineluctable devenir de los acontecimientos.

—¿Un habano? —preguntó con voz pausada mientras se dirigía a un mueble colonial. Sacó de él una caja ornamentada con finas hiladuras de oro.

Aaron negó con la cabeza; seguía observando a través de la ventana. El Doctor eligió un habano del número tres y se lo llevó a la nariz.

—¿Qué dicen?

El cortapuros sesgó la punta y los carnosos labios del presidente chuparon las hojas de tabaco prensadas. El humo escapó por su boca y llenó la estancia de dióxido de carbono. Tenía la mirada puesta en un informe que sostenía entre las manos.

—Lo de siempre —contestó Aaron, con ademán de desafío—. “Salvemos al Amazonas”, “un mundo sin contaminación”, “abajo el Gobierno”, “os merecéis el peor castigo”. Siempre la misma bazofia.

—Qué sabrán ellos…

Los dos hombres habían permanecido reunidos más de una hora sopesando las consecuencias que podía provocar la Cumbre del Medioambiente para sus propósitos y ambos habían llegado a la conclusión de que las aguas se calmarían cuando finalizase la Cumbre. No esperaban una reacción tan multitudinaria y menos que fuese así de virulenta, pero en ningún caso eso alteraría sus planes.

—Los medios no nos darán tregua hasta que esto termine.

—Cualquier idiota sabe que la marcha económica de un país y el dióxido de carbono van en una misma dirección.

—Cuarenta mil idiotas piensan lo contrario.

El presidente se encogió de hombros, enarcó las cejas y esbozó una gran sonrisa. Había tomado la decisión de celebrarla en Brasil con la intención de mostrar a la comunidad internacional su involucración en la lucha contra la contaminación y no era hombre que se retractase. Miró de reojo a su asesor y sonrió cuando la pelota de golf se introdujo en el agujero. El estúpido juego le ayudaba a pensar.

—No ha sido una buena idea celebrarla en Río de Janeiro—dijo Aaron.

—Lo sé —contestó sin desviar la vista del metálico hoyo.

—Pueden causar muchos problemas. Están furiosos. —Los contemplaba desde el gran ventanal del Tribunal de Justicia.

En el exterior habían jóvenes violentos anti globalización, grupos radicales de ecologistas, activistas anti progreso, movimientos verdes anti capitalismo y ecologistas libertarios, entre otros. El Palacio de Justicia era un gran polvorín.

—Siempre lo están. Odian a sus gobernantes y odian sus decadentes vidas. ¡Que se vayan a freír espárragos! Malditos necios.

Los manifestantes odiaban a los indulgentes ministros. Odiaban a la legendaria parsimonia de los ciudadanos de a pie. Y se odiaban entre ellos. Los libertarios odiaban a los verdes, eran demasiado blandos. Los radicales odiaban a los conservacionistas, demasiado tolerantes. Los que no tenían un penique a los que habían formado poderosos grupos de presión y disponían de recursos. Y absolutamente todos ellos odiaban a las intolerantes fuerzas del orden. La libertad de expresión era una excelente excusa para el enfrentamiento.

—¿Qué hacen nuestros chicos?

—Aguardan porra en mano.

El presidente Lumba sonrió satisfecho por enésima vez. Si por el fuera encerraría a los manifestantes en fríos calabozos. Todos ellos eran culpables y merecedores de largas penas de cárcel. La conferencia le estaba provocando demasiados dolores de cabeza y los colgados del medioambiente le irritaban soberanamente; actuaría con mano de hierro si era necesario. Lanzó una nueva bola y ésta se introdujo con suavidad en el metálico agujero.

—¡Magnífico!

Parecía estar disfrutando.

—¿Y los indios?

El ayudante buscó con la mirada. En la zona más alejada de la plaza había un grupo de jóvenes, estaban de pie y se apoyaban los unos en los otros. Caían y acto seguido se volvían a levantar. Eran diez o doce e iban vestidos con ropa de calle: camisas a cuadros y tejanos gastados. Sostenían algo entre las manos.

—Están borrachos. —Hizo un largo silencio y sacudió la cabeza—. Siempre están borrachos.

Los indios también tenían su excusa para odiar. Pero no eran de su santa devoción, al igual que no lo eran de su amo.

—¡Mejor!

Por encima de los manifestantes, por encima de las ONG y por encima de cualquier ser viviente, lo que más irritaba a Pablo Lumba, presidente electo de Brasil desde hacía ocho años, eran los hombrecillos de pelo largo y rostro curtido por el sol. En la última semana había mantenido dos reuniones con el consejo indigenista misionero, asistido a una aburrida gala benéfica de un jesuita de Mato Grosso do Sul, y atendido diez llamadas de otras tantas ONG; siempre por el mismo asunto: los indígenas del Amazonas sufren la explotación del hombre blanco, son invadidos, desalojados y expulsados de sus tierras. ¡Debemos hacer algo! Como si Brasil no tuviese suficientes problemas para tener que paralizarse por una panda de vagos borrachos, pensó, pero no dijo nada.

El vocerío creció en volumen y Pablo Lumba se acercó al gran ventanal. La tensión se intensificaba por momentos, también el número de manifestantes. Se empujaban los unos a los otros, gritaban, y arremetían contra el muro de hombres de ley que permanecía inhiesto frente a ellos. Insultaban y escupían. El cordón policial apenas aguantaba a los exacerbados fanáticos del medio ambiente.

Apoyó la mano en el hombro de su joven ayudante y tras unos segundos contemplando el beligerante caos y saboreando en su paladar el inminente enfrentamiento, sacudió la cabeza con resignación y añadió relamiéndose de placer:

—Le toca el turno a las porras.

El séptimo amanecer – Capítulo 2

DOS

Quince años después.

El mundo parecía incapaz de soportar tanto caos. La burbuja inmobiliaria había estallado provocando la crisis del sector y arrastraba en su caída libre al resto de los mercados. Irritaba y escocía, pero las medidas de choque no llegaban. Los políticos presenciaban desde sus mullidos sillones la falta de medidas para encauzar la economía, inmunes a lo que ocurría a su alrededor; y parecía no importarles. Los países industrializados sudaban la gota gorda ante los crecientes incrementos del precio del petróleo; sin embargo, la voz del populacho se maquillaba con palabras tranquilizadoras. Los bancos se tambaleaban, pero a nadie le importaban los años de despropósitos y la falta de regulación de sus órganos de control. Ellos se convertirían en los grandes salvadores, aunque todavía no era el momento. Los países subdesarrollados veían como los precios de las materias primas aumentaban, pero sus dirigentes seguían embolsándose ingentes cantidades de dinero que fluían por todo el planeta, deteniéndose en los más de treinta paraísos fiscales que había en el mundo, mientras los golpes de Estado eran susurrados por los hambrientos. Los grupos terroristas promulgaban sus mensajes xenófobos, y nadie parecía capaz de detenerlos. Los improvisados albergues de caridad se veían desbordados por la incipiente pobreza que parecía brotar de las clases media y baja. Pero ellos no eran todos; ni tan siquiera suficientes. Solo unos cuantos miles de desalmados.

El mundo no agonizaba todavía.

Y la bomba de relojería continuaba con su imparable cuenta atrás.

“La esencia de la Tierra era la tristeza”.

 

El séptimo amanecer – Capítulo 1

 

UNO

 

Zúrich, Suiza

 

Los habían vigilado durante más de cuatro años, asignando a cada uno de los chicos dos ex agentes del Gobierno que los acechaban procurando no despertar sospechas.

Los habían seguido de día y de noche, entrado en sus lujosas mansiones, e instalado sofisticadas escuchas en todos sus dispositivos.

Por eso estaban al tanto de todos los pormenores de sus vidas. Sabían cuando abrían una botella de bourbon, que días jugaban a póquer y como olían sus colonias de quinientos dólares, incluso sabían cuando practicaban sexo.

También habían merodeado su vecindad y amistades para obtener cualquier información que les pudiese ser útil.

Y después del selectivo y tedioso seguimiento, treinta y dos chicos con intelectos que superaban los ciento ochenta, considerado el umbral de los que se hacen llamar superdotados en la escala Wechsler, habían sido escogidos. Ellos serían los futuros ingenieros de caminos, matemáticos, agrónomos, genios informáticos y más de una veintena de profesionales que, cuando llegase el momento oportuno, les resultarían tremendamente útiles. De hecho estaba previsto que la educación de cada chico costase la friolera suma de cinco millones de dólares. Les asignarían mentores, que al igual que ellos, eran genios en sus respectivas materias, y les instruirían en lenguas y religión. Por eso sabían que los treinta y dos jóvenes serían una eminencia dentro de su propio campo.

Juntos crearían una nueva y moderna Arca de Noé.

Eran las nueve de la noche del primer lunes de julio cuando el último invitado a participar en la asamblea de iniciación a tan selecto grupo de prodigios hizo chirriar la puerta principal de la vetusta iglesia de San Lorenzo. Mientras avanzaba, con la vista puesta en todos aquellos adolescentes adinerados, herederos de las principales fortunas del planeta, se dio cuenta de la importancia de su presencia ahí. El chico tenía el rostro empapado por la lluvia y estaba casi sin aliento, pero sentía por dentro una emoción que palpitaba intensamente y su rostro mostraba una radiante sonrisa. Tras superar las tres entrevistas de rigor; la primera y segunda con hombres que apenas recordaba los nombres, y la tercera con el legendario amante de los animales y de las plantas, sabía que había superado la prueba. Que estuviera en aquel lugar era el reconocimiento que tanto tiempo había esperado por sus ideales en pro de un nuevo mundo sin contaminación.

—Arthur Mc Claren —susurró uno de los chicos.

El lugar que había elegido el conferenciante para la primera charla con los chicos estaba en medio de una llanura de aspereza salvaje, desolada a lo largo de cinco millas, de norte a sur. A varios kilómetros de ahí, en los cuatro puntos cardinales alrededor de la iglesia, cuatro agentes vigilaban desde un coche de alquiler que no se acercase ningún intruso. Nadie en las poblaciones colindantes sospechaba que en el exterior de ese lugar sin amo, rodeado de abetos centenarios, treinta y tres vehículos de gama alta esperaban a que sus jóvenes dueños emprendieran el camino de vuelta al aeropuerto privado de Saurance. El secretismo era de vital importancia.

En ningún caso podía transcender a ninguna persona ajena a la hermandad los antiguos secretos que estaba a punto de desvelar.

—Bienvenido Arthur—dijo el hombre, ocultaba parte de su rostro bajo la sombra de un arco ovalado—. Te esperábamos.

El recién llegado clavó la vista en la única silla vacía y avanzó despacio hasta ocupar su sitio, mientras el conferenciante recorría con la mirada las filas de asientos y sonreía con orgullo. Había sido un proceso muy largo.

Repasó mentalmente los nombres, sus fortalezas y sus debilidades. Con anterioridad a la conferencia, la agencia de detectives Brisne & Associates, con delegaciones en más de treinta de países, le había entregado el extenso y exhaustivo informe que desmembraba cada uno de los pormenores de la vida de los jóvenes. Costumbres, intereses, relaciones sentimentales y vocaciones. También secretos inconfesables. Como era de esperar los chicos eran de por sí inconformistas, de familias inmensamente ricas pero parcialmente desestructuradas, partidarios de la defensa incondicional del medioambiente, ambiciosos, hermosos, inteligentes y herederos de grandes fortunas. Treinta y dos estudiantes rigurosamente seleccionados entre más de treinta mil muchachos; todos ellos caucásicos sin excepción. Los asiáticos, árabes y hombres de color habían sido descartados de antemano. La excusa que había dado el cliente a la agencia de detectives para justificar el laborioso proceso de selección, que había durado mas de cuatro años, era que los escogidos pasarían a formar parte de una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, especializada en asuntos medioambientales y económicos, solo apta para unos pocos privilegiados. Sin embargo, solo él conocía los verdaderos motivos que le habían llevado a diseccionar como si fuera un hábil cirujano la vida de aquellos jóvenes.

—Mc Claren es el heredero de la Global Infinite Company —susurró una voz en la cuarta fila. — Es un genio de la informática.

La sala estaba iluminada vagamente por la luz de diez candelabros cuidadosamente dispuestos, y le infería al lugar un aire tenebroso e intimidatorio. Mc Claren pensó que el resplandor de los truenos, que reverberaban en el exterior igual que ecos lastimeros de mortal tristeza, era la guinda del pastel, pero se sentía orgulloso de estar en aquel lugar. Posó la mirada en la figura que ahora avanzaba hacia el centro de la sala y volvió a sonreír con satisfacción. La entrevista que mantuvo con él apenas duró veinte minutos, pero quedó ensimismado por el aura de aquel hombre menudo de ojos claros y brillantes; el conferenciante era un icono para todos los que estaban allí reunidos.

Contaban de él que pertenecía a una familia cuya dinastía se remontaba a los inicios de la cristiandad. Y sabían que era un hombre tremendamente religioso que tenía gran poder en el Vaticano. También sabían que poseía una de las mentes más privilegiadas del mundo y que era inmensamente rico. Que los hubiera elegido a ellos era como besar a un santo. Los asistentes conocían de sobras la fama del legendario embajador de la lucha contra el cambio climático. A pesar de su aspecto menudo y avanzada edad nadie dudaba que era un hombre duro e implacable con los que atentaban contra la naturaleza.

—Todos habéis venido por vuestra propia voluntad—dijo el venerable conferenciante con voz suave, mientras hojeaba el expediente.

—Sí—clamaron.

—Todos habéis firmado un contrato de confidencialidad para pertenecer a nuestra hermandad.

—Sí—volvieron a clamar.

—Si alguno de vosotros no está seguro de su presencia aquí puede abandonar ahora la iglesia.

Los chicos se miraron entre ellos, expectantes, pero no hubo respuesta, ni signo alguno de abandonar la iglesia.

—Albert Einstein habría dicho sobre los incendios petroleros de Kuwait que la estupidez humana es infinita, y el mismo Dante los habría incluido en la Divina Comedia. Los causantes de toda catástrofe son conocidos por su nombre de poder, “presidente de la nación mas poderosa del mundo”, “presidente del lobby petrolero”, “CEO de la Asociación Nacional del Rifle”, o “amigo de la Casa Blanca”. Sin embargo sus nombres son mucho más simples. Deberíamos llamarlos “Reagan el idiota”, o “Mohammed el estúpido”, o “Bryan el necio”. Einstein ya lo tenía claro hace ciento cincuenta años. Igual que yo tengo claro que ¡Hermes!, ¡Ankou!, “el barón Somedi” o “Xólosi” son ángeles, y no gobernantes del inframundo, si comparamos sus actos con los actos de nuestras notables autoridades mortales a favor de la era tecnológica del mundo actual. Habéis venido a mí porque todos vosotros amáis el planeta en el que vivimos y sois firmes defensores del medioambiente. ¿Juráis solemnemente por el honor de vuestras familias que no desvelareis los misterios que hoy os serán revelados?

En opinión del conferenciante los humanos eran débiles. Demasiado débiles.

—Lo juramos—se oyó al unísono.

—¿Estáis dispuestos a cambiar el mundo?

—Por supuesto —clamaron. Las palabras resonaron en la oquedad del espacio con entusiasmo.

—¡Cerrad los ojos! —ordenó el conferenciante, con inusitada aspereza.

Los treinta y tres jóvenes obedecieron y la efímera luz que provenía de la tormenta se desvaneció al instante. Se hizo un silencio mortal, solo interrumpido por las suelas de los zapatos italianos del conferenciante, que caminaba con paso firme hacia el altar, donde un antiguo tocadiscos, vestigio de una época pasada, coronaba un atril.

—Amo la Novena Sinfonía— susurró cuando la pluma del aparato levantó el vuelo y descendió al instante para acariciar el vinilo. Los ojos azules del conferenciante brillaban lanzando centellas. Unos segundos después, las notas, de inusitada belleza, resonaban con efervescencia golpeando las paredes decadentes.

La oscuridad pareció dar paso en la mente de los chicos a una claridad juguetona y eterna.

—Es el momento de ponernos en marcha y enviar una nube tóxica a todos esos gobiernos y oportunistas irresponsables que hasta ahora han ignorado las voces de nuestro planeta —dijo con videncia imaginativa, apoyando los codos en el atril.

—Estamos impacientes—grito alguien.

Durante la hora siguiente el misticismo de las palabras del conferenciante se mezcló con la melodía, provocando el más absoluto quietismo en los jóvenes, resultado del imponente y severo mensaje del orador. El cambio climático, el deshielo del Ártico, la deforestación, la acidificación de los océanos, la brutalidad de los ataques tóxicos a la fauna y a la flora, entre otros muchos temas, fueron analizados desde una perspectiva insospechada. El orador vaticinaba un futuro que cambiaría el devenir de la historia, no solo la de los chicos. Había llegado el momento de invertir los cimientos de un mundo abocado a la extinción de las especies, y aquel hombre parecía el poseedor de una aterradora verdad cuya existencia estaba documentada en textos muy antiguos. Elegía las palabras con sumo cuidado y sonaban con intacta delicia, para arremeter sobre los jóvenes con su lacerante y abrumador mensaje. El halo de autoridad del ilustre conferenciante solo era comparable con la determinación de un mensaje denso y demoledor que había sido transmitido de generación en generación.

“Es él”.

Miraba el documento de varios centímetros de grosor que todavía sostenía en las manos. Tres nombres destacaban respecto a los demás con un círculo de color malva.

A veces basta con una sola mirada. En ocasiones se trata de una mera intuición. El orador supo sin el menor asomo de duda que no se había equivocado. Pocas veces lo hacía. Un apuesto joven situado en la tercera fila, junto a una hermosa muchacha de cabellos dorados, era el elegido para llevar a cabo la misión más importante.

“Él será el detonante”.

El orador estaba pletórico.

Después de una hora de discurso, que siguió a un entrevista personal que se había alargado durante dos días, solo con tres de los treinta y dos chicos había dedicado tanto tiempo para charlar sobre sus ambiciones, familia e ideales, y después de pasar cuatro años siguiéndolo y escudriñando su vida, estaba seguro de que el joven de la tercera fila era la elección correcta.

El chico parecía estar en calma, casi dormido, pero la realidad era muy distinta. Las palabras del orador le estaban resultando excitantes, tremendamente sinceras, también aterradoras e inquietantes. Dos visiones idénticas con pensamientos contrapuestos, una única voz. Los oscuros paisajes envenenados del alma humana se desnudaban frente a él.

Dicen que los hechos fortuitos en ocasiones adoptan la apariencia de sueños, otras, de pesadillas. A veces son conversaciones lo suficientemente profundas para adentrar a los hombres en un mundo desconocido, que impide discernir con claridad el próximo movimiento. Y en esos momentos te subes a un nuevo tren que te llevará hacia un destino incierto, que quizás no sea el tuyo.

El joven supo desde el primer instante que ese era el inicio de un aterrador viaje al lugar donde habitan los monstruos que aparecen en las pesadillas.

 

Si te ha gustado suscríbete para recibir nuevos capítulos:

PORTADA HORIZONTAL3.jpg