El séptimo amanecer – Capítulo 2

DOS

Quince años después.

El mundo parecía incapaz de soportar tanto caos. La burbuja inmobiliaria había estallado provocando la crisis del sector y arrastraba en su caída libre al resto de los mercados. Irritaba y escocía, pero las medidas de choque no llegaban. Los políticos presenciaban desde sus mullidos sillones la falta de medidas para encauzar la economía, inmunes a lo que ocurría a su alrededor; y parecía no importarles. Los países industrializados sudaban la gota gorda ante los crecientes incrementos del precio del petróleo; sin embargo, la voz del populacho se maquillaba con palabras tranquilizadoras. Los bancos se tambaleaban, pero a nadie le importaban los años de despropósitos y la falta de regulación de sus órganos de control. Ellos se convertirían en los grandes salvadores, aunque todavía no era el momento. Los países subdesarrollados veían como los precios de las materias primas aumentaban, pero sus dirigentes seguían embolsándose ingentes cantidades de dinero que fluían por todo el planeta, deteniéndose en los más de treinta paraísos fiscales que había en el mundo, mientras los golpes de Estado eran susurrados por los hambrientos. Los grupos terroristas promulgaban sus mensajes xenófobos, y nadie parecía capaz de detenerlos. Los improvisados albergues de caridad se veían desbordados por la incipiente pobreza que parecía brotar de las clases media y baja. Pero ellos no eran todos; ni tan siquiera suficientes. Solo unos cuantos miles de desalmados.

El mundo no agonizaba todavía.

Y la bomba de relojería continuaba con su imparable cuenta atrás.

“La esencia de la Tierra era la tristeza”.