Los secretos son mortales

Hay viajes que deberían permanecer en el baúl de los recuerdos. Son todas esas vidas sin amor, debilitadas por la enfermiza palidez del que no ha sabido disfutarlas, en ocasiones a causa del insomne pasado, otras, por cobardia.

Hablo de todas aquellas travesías en las que ves transcurrir la vida ante tus ojos y contemplas los paisajes del alma como los observarías a través de la ventanilla de un tren.

No somos conscientes que la belleza de los momentos es pasajera y que si no somos capaces de aferrarnos a ella la perdemos para siempre. ¡Qué necios somos de pensar que podemos controlar el tiempo!, deteniéndolo, y que los segundos carecen de importancia. Ahora sé que el tiempo pasa a una velocidad vertiginosa. Siempre lo hace. Sin excepción. Como la vida. Y los segundos pronto se convierten en años y las pieles tersas, en su día inocentes y ávidas de pasión, se transforman en rostros arrugados e inertes, como el caucho viejo.

Sin embargo también hay viajes que es mejor no comenzar. Ahora lo sé. Entonces también lo sabía.

¡Esta es mi historia!

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