El séptimo amanecer – Capítulo 4

CUATRO

Río de Janeiro, Brasil.

Tribunal de Justiça do Estado de Rio.

 

En el año 2004, seis meses antes de las elecciones generales, el candidato a la presidencia Pablo Lumba recibió de un anónimo ciudadano la aportación más generosa de toda la historia de Brasil. Por aquel entonces, Pablo tenía cuarenta años, una larga cabellera oscura y una sonrisa cautivadora. Se había doctorado por la prestigiosa Facultad Estatal de Medicina de Brasilia, donde había ejercido de médico interino durante más de una década, tras trabajar varios años en el Departamento de Enfermedades Infecciosas de una gran empresa farmacéutica. Considerado un héroe nacional por haber detectado un brote contagioso que podría haberles causado la muerte a más de treinta pacientes, los cariocas vieron en el nuevo candidato la solución a sus plegarias. Pablo tenía carisma y estaba seguro de sí mismo; sus innatos dones no pasaron desapercibidos entre los brasileños. Los hombres lo veían como un personaje en el que podían confiar, las mujeres caían rendidas por su indudable atractivo. Se caracterizaba por ser juicioso e implacable ante la injusticia y por carecer de la arrogancia que precedía a los anteriores presidentes: era sensible, intuitivo y poseía una autoridad natural. En pocas semanas el doctor se ganó los corazones de un populacho devastado por la crisis, sacudido por el aumento de la violencia y abocado por la acción del anterior presidente a la tasa de paro más elevada de los últimos veinte años. La economía de Brasil nunca había sido tan frágil y requería un cambio radical. El país tenía un nuevo salvador; un hombre recto, con una ética intachable, que, además, provenía de uno de los suburbios más marginales del país.

Lumba ganó por una mayoría aplastante.

Cuarenta millones de dólares para una campaña a la presidencia de un perfecto y hasta ahora desconocido daban mucho de sí. Aunque también tenían su precio.

 

 

 

Raramente se habían visto tantas y tan distintas fuerzas del orden bajo el mismo mando. Formando un muro de contención habían miembros de la Policía Militar, cuya responsabilidad era mantener el orden público, miembros del Departamento de Policía Federal, que dependían del Ministerio de Justicia, unidades del comando de Operaciones Especiales, y agentes de la Policía Rodoviaira Federal, encargadas del control de carreteras y de la vigilancia de las principales entradas y salidas del país. Parecían un reguero de boinas y gorras de colores diversos, expectantes y anhelantes. Impacientes.

Frente a ellos los indignados manifestantes se contaban por millares y pedían sangre; estaban las manos tamizadas de blanco, los pinturas ralladas, con sus rostros de guerra pintarrajeados, y los que cubrían su identidad con telas y pañuelos. Eran más de treinta mil exaltados los que veían la Cumbre de la Tierra como lo que era: una gran farsa.

Por si fuera poco tres horas antes había explotado un artefacto casero en las inmediaciones de la plaza, se habían destruido sucursales bancarias, incendiado containers y también cabinas telefónicas. Las amenazas de muerte que habían traído de cabeza a las fuerzas del orden habían dejado de ser una mera advertencia. Setenta y dos horas de locura, un solo lugar: los alrededores del Tribunal de Justicia de Río de Janeiro. La plebe estaba ávida de justicia y ni tan siquiera las tres contundentes cargas policiales contra el enfurecido populacho habían apaciguado los ánimos. El paro que asolaba a medio mundo, las hipotecas basuras, la crisis bancaria, la pobreza y la contaminación; todo ayudaba a que los ánimos estuviesen revueltos. Demasiado revueltos. Todavía faltaban dos días para la conferencia sobre el medio ambiente y los nervios estaban a flor de piel.

En el interior de una de las salas del Tribunal de Justiça do Estado de Río, bajo una gran lámpara de araña, dos hombres contemplaban el caos que se había formado ante sus narices. Uno de ellos era el hombre más temido y respetado de Brasil; el otro simplemente el más odiado.

—No se nos puede ir de las manos —dijo con solemnidad el presidente Pablo Lumba.

Le hablaba a su asesor, un tiparraco delgado de mirada astuta, fiel adorador de su amo y considerado por muchos como un progresista demente. Estaba frente al gran ventanal, pensativo, con el rostro frío como un tempano de hielo, silueteado por un sol que entraba a raudales en la estancia. Valoraba. Llevaba la corbata desanudada y le brillaban los ojos con inusitada ansia. Había sido un día realmente largo.

—¿Algún problema con el ingeniero?

—Mike Zorton llegará pasado mañana.

—¿A qué hora? —preguntó, sin disimular la satisfacción que le producía aquella afirmación.

—Todavía no lo sabemos—dijo casi con tono de disculpa—. ¡Doctor! —su joven ayudante era el único que lo llamaba Doctor—, ese hombre actúa con mucha cautela.

—¿Está a salvo? —preguntó.

Llevaban vigilándolo durante mucho tiempo. El ingeniero era su as ganador.

—Tenemos a nuestros chicos vigilándolo día y noche.

—¿Cuándo habéis acordado intercambiar los planos de la presa? —preguntó el Doctor.

—Antes de que empiece la Cumbre. En cuanto reciba los noventa millones de dólares en bonos al portador, no negociables, nos entregará los planos.

Lumba miró a Aaron y sonrió. El mundo se postraría a sus pies. La desorbitante cifra resultaba irrisoria ante el escalofriante porvenir de Brasil. La construcción de la presa sería la mayor construcción de la historia, solo comparable con las Pirámides de Egipto. Sin lugar a dudas Mike Zorton era un virtuoso de la ingeniería. La genialidad de su proyecto era indiscutible.

—Llevamos mucho tiempo esperando este momento. Ese hombre cambiará para siempre el futuro de Brasil.

Y el de toda la humanidad, pensó Aaron, pero no dijo nada. El presidente se acercó al mini bar, llenó dos copas de coñac y le ofreció una a su joven ayudante. Se quedó mirando fijamente a Aaron, a poco menos de dos palmos de distancia, y le puso lentamente la mano sobre el hombro.

—¿Cuándo se celebrará la vista preliminar contra la Land corporation?

Aaron bajó la mirada a su reloj.

—En pocos minutos.

—No quiero errores, Aaron. Ya sabes lo que nos estamos jugando. Nuestros socios del petróleo están nerviosos. Demasiado nerviosos. Ya nos han transferido más de ciento cincuenta millones para la construcción de la presa y no quieren errores. —El presidente estaba pletórico, aunque su expresión anunciaba hostilidad. No era para menos—. Los grandes terratenientes son cosa del pasado Aaron, pero debemos actuar con pies de plomo con esos tiparracos. No deben saber cuales son nuestras intenciones hasta que ya sea demasiado tarde para que reaccionen.

—Estamos muy cerca —contestó el joven—. Todo está saliendo según lo previsto. Los terratenientes del Amazonas pronto verán como su lucrativa selva cambia de dueño.

—Así debe ser. ¿Y el otro asunto que nos concierne?

—Ya he dado las órdenes oportunas. Ocurrirá en los próximos días.

Una ligera sonrisa ensombreció los rostros de los dos hombres.

—¡Brindemos por un Brasil rico y próspero! —exclamó el gran señor.

—Por un nuevo y luminoso amanecer —contestó el joven con fingida ironía.

El licor era excelente y ambos hombres lo saborearon en su paladar. Las voces del pasado murmullaban un nuevo comienzo para Brasil.

El asesor indicó con un ligero gesto de cabeza el revuelo del exterior, con la emoción contenida. Observaba el caos con absoluta indiferencia, una cualidad que sorprendía gratamente al presidente. El joven poseía la facultad de abstenerse de toda emoción ante cualquier tipo de adversidad. Era su chico y desempeñaba un papel crucial en el ineluctable devenir de los acontecimientos.

—¿Un habano? —preguntó con voz pausada mientras se dirigía a un mueble colonial. Sacó de él una caja ornamentada con finas hiladuras de oro.

Aaron negó con la cabeza; seguía observando a través de la ventana. El Doctor eligió un habano del número tres y se lo llevó a la nariz.

—¿Qué dicen?

El cortapuros sesgó la punta y los carnosos labios del presidente chuparon las hojas de tabaco prensadas. El humo escapó por su boca y llenó la estancia de dióxido de carbono. Tenía la mirada puesta en un informe que sostenía entre las manos.

—Lo de siempre —contestó Aaron, con ademán de desafío—. “Salvemos al Amazonas”, “un mundo sin contaminación”, “abajo el Gobierno”, “os merecéis el peor castigo”. Siempre la misma bazofia.

—Qué sabrán ellos…

Los dos hombres habían permanecido reunidos más de una hora sopesando las consecuencias que podía provocar la Cumbre del Medioambiente para sus propósitos y ambos habían llegado a la conclusión de que las aguas se calmarían cuando finalizase la Cumbre. No esperaban una reacción tan multitudinaria y menos que fuese así de virulenta, pero en ningún caso eso alteraría sus planes.

—Los medios no nos darán tregua hasta que esto termine.

—Cualquier idiota sabe que la marcha económica de un país y el dióxido de carbono van en una misma dirección.

—Cuarenta mil idiotas piensan lo contrario.

El presidente se encogió de hombros, enarcó las cejas y esbozó una gran sonrisa. Había tomado la decisión de celebrarla en Brasil con la intención de mostrar a la comunidad internacional su involucración en la lucha contra la contaminación y no era hombre que se retractase. Miró de reojo a su asesor y sonrió cuando la pelota de golf se introdujo en el agujero. El estúpido juego le ayudaba a pensar.

—No ha sido una buena idea celebrarla en Río de Janeiro—dijo Aaron.

—Lo sé —contestó sin desviar la vista del metálico hoyo.

—Pueden causar muchos problemas. Están furiosos. —Los contemplaba desde el gran ventanal del Tribunal de Justicia.

En el exterior habían jóvenes violentos anti globalización, grupos radicales de ecologistas, activistas anti progreso, movimientos verdes anti capitalismo y ecologistas libertarios, entre otros. El Palacio de Justicia era un gran polvorín.

—Siempre lo están. Odian a sus gobernantes y odian sus decadentes vidas. ¡Que se vayan a freír espárragos! Malditos necios.

Los manifestantes odiaban a los indulgentes ministros. Odiaban a la legendaria parsimonia de los ciudadanos de a pie. Y se odiaban entre ellos. Los libertarios odiaban a los verdes, eran demasiado blandos. Los radicales odiaban a los conservacionistas, demasiado tolerantes. Los que no tenían un penique a los que habían formado poderosos grupos de presión y disponían de recursos. Y absolutamente todos ellos odiaban a las intolerantes fuerzas del orden. La libertad de expresión era una excelente excusa para el enfrentamiento.

—¿Qué hacen nuestros chicos?

—Aguardan porra en mano.

El presidente Lumba sonrió satisfecho por enésima vez. Si por el fuera encerraría a los manifestantes en fríos calabozos. Todos ellos eran culpables y merecedores de largas penas de cárcel. La conferencia le estaba provocando demasiados dolores de cabeza y los colgados del medioambiente le irritaban soberanamente; actuaría con mano de hierro si era necesario. Lanzó una nueva bola y ésta se introdujo con suavidad en el metálico agujero.

—¡Magnífico!

Parecía estar disfrutando.

—¿Y los indios?

El ayudante buscó con la mirada. En la zona más alejada de la plaza había un grupo de jóvenes, estaban de pie y se apoyaban los unos en los otros. Caían y acto seguido se volvían a levantar. Eran diez o doce e iban vestidos con ropa de calle: camisas a cuadros y tejanos gastados. Sostenían algo entre las manos.

—Están borrachos. —Hizo un largo silencio y sacudió la cabeza—. Siempre están borrachos.

Los indios también tenían su excusa para odiar. Pero no eran de su santa devoción, al igual que no lo eran de su amo.

—¡Mejor!

Por encima de los manifestantes, por encima de las ONG y por encima de cualquier ser viviente, lo que más irritaba a Pablo Lumba, presidente electo de Brasil desde hacía ocho años, eran los hombrecillos de pelo largo y rostro curtido por el sol. En la última semana había mantenido dos reuniones con el consejo indigenista misionero, asistido a una aburrida gala benéfica de un jesuita de Mato Grosso do Sul, y atendido diez llamadas de otras tantas ONG; siempre por el mismo asunto: los indígenas del Amazonas sufren la explotación del hombre blanco, son invadidos, desalojados y expulsados de sus tierras. ¡Debemos hacer algo! Como si Brasil no tuviese suficientes problemas para tener que paralizarse por una panda de vagos borrachos, pensó, pero no dijo nada.

El vocerío creció en volumen y Pablo Lumba se acercó al gran ventanal. La tensión se intensificaba por momentos, también el número de manifestantes. Se empujaban los unos a los otros, gritaban, y arremetían contra el muro de hombres de ley que permanecía inhiesto frente a ellos. Insultaban y escupían. El cordón policial apenas aguantaba a los exacerbados fanáticos del medio ambiente.

Apoyó la mano en el hombro de su joven ayudante y tras unos segundos contemplando el beligerante caos y saboreando en su paladar el inminente enfrentamiento, sacudió la cabeza con resignación y añadió relamiéndose de placer:

—Le toca el turno a las porras.

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