El séptimo amanecer – Capítulo 3

 

TRES

Lake Town, Estado de Nueva York.

 

Había adquirido la cabaña dos años antes en la idílica población de Lake Town, un paraje de montaña a poco más de doscientos kilómetros de Nueva York. Era modesta, sin pretensiones, y la eligió entre cientos de opciones. La encontró tras una larga y ardua búsqueda que le llevó más de seis meses, pero la encontró. Estaba en una pequeña población de no más de cuarenta habitantes; treinta y siete de ellos superaban los sesenta años de edad.

Lo primero que advirtió cuando llegó a Lake Town fue el gran letrero de la entrada anunciando los nombres de todos sus habitantes. Contó un total de doscientos, la mayoría de ellos ocultos tras unas flores blancas que delimitaban los vivos de los muertos. Los que estaban visibles tenían una reseña a su edad, escrita en tiza blanca, que según le contaron después modificaban año tras año a través de una gran celebración.

La muerte era un hecho insólito y excesivamente raro en el pueblo; no en vano los habitantes de Lake Town se jactaban orgullosos de la longevidad de sus habitantes, y no en vano el cementerio era de los más diminutos del condado, con apenas ciento cincuenta lapidas, nada ostentosas, eso hubiese significado dar importancia a algo poco habitual. En Lake Town pocos eran los que habían fallecido por causas que no fuesen naturales. En realidad un solo nombre, escrito en color malva, destacaba sobre los demás en el tablón. Había sucumbido en las oscuras aguas de uno de los muchos lagos que decoraban las montañas rocosas, dibujadas por robles centenarios. Lo encontraron con la piel entumecida, de tonalidades azuladas, en una de las orillas. La ceremonia finalizaba con una oración al desafortunado ahogado; su nombre sería recordado.

El hombre que compró la cabaña del difunto fallecido en el único accidente mortal de la historia del pueblo era de Nueva York, tenía cincuenta y siete años, y en sus tarjetas de visita decía que su nombre era Mike Zorton, de profesión ingeniero. Era de constitución grande, entrado en grasas y tenía una ligera papada que le daba el aspecto de un hombre bonachón y amable. No vestía de forma ostentosa, aunque su cuenta corriente hubiese hecho palidecer a los más potentados del pueblo. En Lake Town era raro ver forasteros que no viniesen a practicar el deporte de la pesca, y el nuevo amante de este deporte se encargó de propagar su afición por doquier. Era educado, conversador y gentil con los habitantes de Lake Town. Se ganó su confianza.

Durante los dos años siguientes a la compra del refugio de madera, que apenas medía treinta metros cuadrados, el nuevo propietario visitó la cabaña al menos una vez por semana. Encendía las luces, sacaba el bote de madera y se dejaba ver en el lago con su caña y su cubo de pescar. Su vecina era la señora Aldcrift, una viuda de sesenta y cinco años que vivía durante todo el año en el lago. Su casa era ligeramente mayor y estaba a poco menos de quinientos metros de la suya, pasados dos grandes robles. Afable, llena de vida y excelente cocinera, la señora Aldcrift preparaba los mejores pancakes de todo el condado de Yellow Montain. Zorton la visitaba regularmente, al menos siempre que se dejaba caer por la zona. Comían, bebían te, y charlaban. Nunca más de una hora, eso hubiese supuesto para el ingeniero una pérdida de tiempo. Durante esos dos años también visitó regularmente la tienda de comestibles del pueblo, al menos una vez al mes. Compraba latas, conservas, arroz y todo lo necesario para acompañar los jugosos peces que capturaba en el lago. Su propietario era un jubilado de Nueva york, ex trabajador de la Panam, que cansado del estrés de la gran ciudad había decidido retirarse y abrir ese pequeño negocio en aquel bonito paraje de montaña. Con él charlaba por lo menos cinco minutos. Más tiempo también hubiese sido innecesario. Tres meses antes había mantenido una conversación con el señor Banis sobre un hecho que conmocionaría a la pequeña comunidad del pueblo. Su casa había sido asaltada por unos intrusos. No, no habían robado nada, pero a su propietario casi le había dado un sincope cuando comprobó que se habían comido y bebido la mayoría de sus reservas. Era intolerable. Para ser un hombre de entrada edad zascandileaba lo suyo. El señor Banis extendió la noticia entre sus conciudadanos al cabo de pocas horas y a nadie le extraño cuando una semana después de ese suceso, Mike se dirigió a la droguería del pueblo y encargó una alarma. Como era de prever el negocio nunca antes había vendido un dispositivo de protección a ningún otro habitante. La alarma llegó dos semanas después a la oficina de correos y al día siguiente el mismo dueño la colocó en la cabaña de Mike. Tardó más de seis horas en instalarla correctamente, ayudado por las instrucciones que la caja llevaba en su interior. En la primera página decía que era un artefacto sensible y silencioso; en caso de que se activase por cualquier animal el nuevo propietario no quería turbar la tranquilidad de sus vecinos. También decía que era muy sensible al calor, cosa que Mike conocía de antemano por los comentarios que circulaban por internet. Fue a la semana siguiente, tras comprar unos nuevos sedales de pesca, cuando Zorton decidió ir a ver al sheriff local, un hombre menudo que había ejercido su cargo durante más de treinta años. La comisaría estaba en la entrada del pueblo, a poco más de tres kilómetros del lago, en el límite de la gran avenida principal. El defensor de la ley era un hombrecillo jovial y extremadamente cuidadoso en su trabajo que había almorzado en varias ocasiones con el ingeniero. Tenía sesenta y dos años. Se consideraban amigos, no íntimos, pero ambos disfrutaban de las conversaciones sobre las grandes ciudades y su enfebrecido ritmo de vida. Coincidían los dos en afirmar que en pocos lugares uno se podía relajar tanto como en Lake Town. Sí, claro que Mike se retiraría algún día en ese idílico paraje. Sí, claro que le gustaría que su nombre fuese recordado en el tablón de los muertos. Por supuesto que Mike se sentía uno más de la comunidad. Quizás hasta abriese un pequeño negocio de pesca.

Ese día Mike tardó doce minutos exactos en llegar a la comisaría a través del sinuoso y estrecho sendero de montaña. Conducía su cuatro por cuatro con tracción trasera, parecido al modelo utilizado por la policía local. Pensó que a ellos les ocuparía el mismo tiempo. Mike era calculador y metódico. Charlaron amigablemente en el porche de la comisaría y bebieron un licor de frutas silvestres que el mismo sheriff destilaba en su casa. Estaba hecho a base de unas extrañas moras que crecían en una de las dos montañas que rodeaban Lake Town y era de sabor amargo. La conversación giró en torno a la alarma que el señor Banis había conectado a la oficina del sheriff. Si se activaba el dispositivo el sheriff o su ayudante, uno de los dos siempre estaba de guardia, acudirían de inmediato a casa de Zorton.

Poco después los dos hombres se dejaban caer por la cafetería de Brenda para degustar los huevos más exquisitos del condado. Los rumores sobre la alarma circularon de mesa en mesa, formando un gran alboroto. Mike no esperaba menos. Así estaba previsto.

Durante los siguientes tres meses a ese almuerzo el único dispositivo de la única alarma de todo Lake Town no se activó. Sin embargo ese día el reloj que parecía haberse detenido en el tiempo comenzaría su cuenta atrás.

Era el primer viernes de septiembre, día en el que se conmemoraba los espíritus del bosque, y Mike se dirigió al café de Brenda nada más llegar a Lake Town. Se tomó los mediocres huevos revueltos, se bebió el horrible café que tanto le desagradaba y charló con sus esperpénticos vecinos. El teatrillo le ocupó veinte minutos y durante ese tiempo se fumó tres cigarrillos. Mike aborrecía el tabaco.

—El tabaco te acabará matando, Mike. Deberías dejarlo —advirtió Brenda mientras le llenaba la taza por tercera vez.

—Espero que eso no ocurra —bromeó el ingeniero luciendo una gran sonrisa —. Como siempre el café es excelente, Brenda.

Ella se alejó de la mesa pensando “qué hombre más encantador”. Alguien susurró que fumaba como un carretero.

—Buenos días, Mike —saludó un tertuliano de pesca.

—Buenos días, Frank —contestó él —¿Cómo está Gladis?

—Con artritis, pero ya sabes que es una mujer fuerte.

—Me alegro de verte. Tan pronto pueda pasaré a verla —dijo al tiempo que se levantaba, no sin antes dejar dos dólares de propina encima de la barra.

Su siguiente parada fue en la tienda de comestibles que funcionaba igualmente de farmacia. El reloj seguía en marcha. Desvió la vista a un cuco de pared que colgaba bajo un trofeo de pesca; eran las cuatro de la tarde. “Faltan menos de seis horas, Mike. Paciencia.”

—Hola, Mike. Me alegro de que te hayas dejado caer por aquí. ¿Cómo van nuestras amigas las truchas? —preguntó el hombre amablemente.

De todos los hombres de Lake Town aquel era el tipo que más aborrecía. Era un hombre insulso, con una conversación limitada y banal, de habla lenta, casi pastosa. Mike Zorton tenía que hacer verdaderos esfuerzos para seguir la conversación y sonreír de vez en cuando. El hombre le provocaba un intenso dolor en el pecho.

—He tenido una semana horrible y la migraña me está matando —contestó el ingeniero—. Las truchas tendrán que esperar hasta mañana. ¿Tienes una de esas pastillas para dormir?

El señor Banis se dirigió con paso lento a la estantería de roble opuesta al mostrador y regresó con una cajita y una gran sonrisa. La mano le temblaba cuando Mike se la cogió de entre los dedos. Tenía párkinson.

—Yo mismo las utilizo de vez en cuando —dijo con tono pausado—. Dormirás como un tronco.

—Eres un ángel Jhon, te lo agradezco de corazón —contestó el ingeniero—. Precisamente necesito eso, acostarme pronto y dormir de un tirón. Mañana será otro día y estoy impaciente por ir al lago a probar mi nuevo sedal. Es siempre un placer charlar contigo.

Se despidió del señor Banis con un apretón de manos, prometió visitarlo a la mañana siguiente y se alejó por la calle principal en dirección a su refugio. Miraba a uno y a otro lado y un cierto malestar le sobrevino. Todo eran canas, mecedoras, arrugas y bastones. El hedor de la vejez era nauseabundo para Mike. Incluso las fachadas parecían de otra época, con sus pinturas decoloradas por la lluvia; la decadente calle se movía con una lentitud abrumadora. El ingeniero estaba a punto de chillar.

La señora Tenessi, con su habitual vestido a flores y su gran sombrero de fieltro de ala ancha lo saludó con un gesto de mano.

—Buenos días señora Tenessi— dijo, disminuyendo la velocidad del Ford.

—Buenos días, Mike.

—Hoy está muy guapa, señora Tenessi.

Ella le brindó una afectuosa sonrisa.

—Que tenga una excelente mañana, señora Tenessi —dijo mientras aceleraba y lanzaba un suspiro sobre el volante.

Desvió nuevamente la vista a su reloj de pulsera. Las cinco y diez.

Pasados los previstos once minutos que separaban tanta farsa del lago, Mike Zorton aparcó su vehículo. Acto seguido se encaminó a casa de la señora Aldcrift, su vecina, la cual lo recibió con su también habitual sonrisa. Vestía un delantal de cocina y como era de esperar el horno estaba encendido. El olor era fortísimo.

—Huele de maravilla, Marga —dijo con fingida saliva en la boca y tonalidad untuosa, aunque ella no lo percibió.

—Eres un adulador, Mike —contestó la mujer —. Estará listo en veinte minutos. Charlemos un rato y luego comeremos.

Al cabo de veintidós minutos se sentaron en el porche para saborear la nueva receta. El pastel era de chocolate y Mike se tomó dos trozos. Como de costumbre estaba requemado. Siempre lo estaba. La vieja señora Aldcrift comió tan solo uno.

“Por Dios Santo, me va a provocar una úlcera”.

Durante los siguientes diez minutos el ruido que gorgoteaba de la boca de la anciana se impuso a las melodiosas notas que emitía una antigua radio.

—Ya sabes que me encantan estas charlas pero debo irme —dijo Zorton amablemente cuando el plato quedó vacío—. He tenido una semana con mucho trabajo y mi vieja migraña me está matando.

—Descansa Mike, a estas edades hay que tomarse descansos.

Tú deberías tomarte un eterno descanso y yo unas sales de azúcar, pensó. Pero no dijo nada.

—Leeré y me acostaré pronto. Gracias, Marga. Estaba delicioso.

El ingeniero se despidió de la mujer con un agrio sabor en el paladar y prometió llevarle dos truchas a la mañana siguiente.

La tarde era bochornosa y el termómetro marcaba veintiocho grados, pero la cercanía del lago humedecía el ambiente. No soplaba brisa. Mike se detuvo en la pedregosa y mohosa orilla y se quedó observando el paisaje, pensativo, con una ligera sonrisa en el rostro. Estaba a punto de explotar pero se sentía feliz. Ese día dejaría por fin de pescar en ese lago para siempre. A Zorton no le gustaba la pesca, al menos no la pesca de la trucha. Tampoco volvería a pasar largas horas estudiando un español ya aprendido con el avanzado curso que compró cuando adquirió el refugio; Mike lo hablaba de forma fluida y con un excelente acento. Había llegado el día de decir adiós a dos años de farsas, a decir adiós a ancianos mediocres y analfabetos, a decir adiós a pasteles insípidos y a conversaciones estúpidas. Había llegado el momento de decir adiós a ese maldito pueblo que había visitado regularmente durante los dos últimos años y que le sacaba de quicio. Adiós, adiós, adiós. El reloj corría por fin y pronto todo cambiaría. Mike Zorton sería el responsable de una de las mayores catástrofes ecológicas de este siglo, pero ¡a quién diablos le importaba eso ahora! El mayor pulmón del planeta dejaría de respirar muy pronto, pero él sería inmensamente rico. Convertiría a Brasil en un gran polvorín y se esfumaría. Se encendió otro cigarrillo, aspiró hondo y lo aplastó con el pie. Ese también sería su adiós al tabaco. Se dirigió a su refugio y abrió de un empujón la puerta de madera. Mike nunca se había molestado en echar la llave. ¿Por qué iba a hacerlo? Cualquier intruso que llegase a Lake Town saldría con el rabo entre las piernas cuando viese a sus decrépitos y asquerosos habitantes.

—Manos a la obra —susurró con las fuerzas renovadas.

El ingeniero nunca había recibido visitas inesperadas; si de algo presumían los habitantes de Lake Town era de ser muy respetuosos a la hora de realizar visitas, pero no estaba de más ser prudente. Bajó todos los visillos.

Luego abrió el congelador y se arremangó las mangas de la camisa. El cuerpo inerte que había en su interior pesaba más de lo que recordaba y a pesar de los guantes era tremendamente difícil de agarrar. Arrastrar noventa kilos de peso no era tarea fácil y Mike ya no era ningún chiquillo con energía y grandes músculos, más bien todo lo contrario. La operación de trasladarlo al cuarto de baño le ocupó más de diez minutos. El tiempo no era algo que le preocupase, todavía tendría que esperar alrededor de cuatro horas hasta que se descongelase.

Poco después realizó dos llamadas desde el teléfono fijo de la casa. La primera fue a su secretaria para anunciarle que su fin de semana se alargaría hasta el lunes, por lo que regresaría a la oficina pasadas las doce del mediodía. La segunda llamada la hizo a casa de su ex mujer y como era habitual nadie contestó. Tal y como estaba previsto Margaret se encontraba en el club de campo. El mensaje fue breve y quedó registrado en el contestador. Pasaría todo el fin de semana en la cabaña y almorzaría con ella en el club de campo el martes.

Unas horas después salió al porche y comprobó que el sol no tardaría en ocultarse. Eran las ocho de la tarde. Había intentado dormir algo pero la excitación del momento se lo había impedido. Mike Zorton llevaba planeando la nueva vida que pronto comenzaría desde hacía más de dos años, cuando su plan tomó forma. Se bebió una copa de coñac a pequeños sorbos, vació el interior de la botella en el suelo y la dejó sobre la mesilla. Un búho entonó su canto más allá de la luz del porche. Consultó el reloj. Las nueve de la noche. Entró en el cuarto de baño y se agachó frente a la bañera donde yacía el anónimo individuo. En esta ocasión el hombre era menos pesado, por lo que le resultó más fácil trasladarlo a la habitación. Colocó el cuerpo desnudo en la cama, se quitó su camisa a cuadros, los tejanos gastados, y vistió al hombre de nombre desconocido con sus prendas. Le puso su inseparable anillo familiar en el dedo anular y se vistió con un atuendo cómodo para correr: pantalones, sudadera oscura, y zapatillas deportivas. A continuación salió al porche y esperó durante un buen rato a que la oscuridad fuese total. No bebió más coñac. Una bebida isotónica haría su función; tenía que correr a través del bosque los dos kilómetros que separaban la cabaña de la autopista más cercana y necesitaba toda la energía posible. Mike no era precisamente un buen corredor, a pesar de que practicaba footing a diario desde hacía dos años.

A las nueve y quince en punto entró en la cabaña.

—Los delitos honorables merecen su justo premio —resopló—. Ha llegado el momento.

Vació varias colillas en los ceniceros del cuarto y del salón y suspiró hondo. Echó un último vistazo a la estancia con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón de deporte, encendió una cerilla y la arrojó con una gran sonrisa sobre el sofá, que previamente había rociado con un líquido inflamable. La llama avivó al poco rato.

Consultó su reloj. Era la hora la prevista.

La alarma silenciosa de la cabaña de Mike Zorton alertó al sheriff a las nueve y dieciocho minutos de la noche. El buen hombre dio un respingo, llamó a su ayudante con habla nerviosa, y tal y como había asegurado a Mike se puso de inmediato en camino. Doce minutos después llegaba al lago y alertaba a los bomberos por la radio de la policía, mientras una lágrima se deslizaba por su rostro. Nunca antes había presenciado un espectáculo tan horrible. La siguiente llamada fue al hospital “Claintown”. El Ford del ingeniero estaba aparcado junto al viejo tronco, por lo que no tenía ninguna duda de que Mike había fallecido calcinado en el interior de la cabaña. No se podía hacer nada por él, el fuego había dado buena cuenta del ingeniero. Las lágrimas cayeron por las mejillas del sheriff durante la larga espera hasta que los bomberos hubieron sofocado por completo aquel infierno.

Solo quedaron cenizas.

Luego todo ocurrió tal y como estaba previsto. La señora Aldcrift declaró al día siguiente que Mike Zorton estaba agotado y que pensaba acostarse pronto. El señor Banis confirmó que había comprado unas fortísimas pastillas para dormir. El sheriff encontró en el exterior de la cabaña la botella de coñac vacía. El alcohol, los somníferos para dormir y el cansancio no eran buenos compañeros. El pobre Mike no había tenido ninguna oportunidad. En el café de Brenda todos confirmaron que Mike fumaba como un carretero. Fue la misma señora Aldcrift la que en presencia de toda la comunidad escribió esa misma mañana el nombre de Mike Zorton en malva, junto al pobre señor Dins, el anterior propietario de la cabaña. Las muertes accidentales no eran habituales y merecían una mención especial. Un cigarrillo mal apagado había sido sin duda el causante de aquel trágico suceso.

En el preciso instante en que el sheriff llamaba al hospital del condado, a varios kilómetros de distancia, Zorton arrancó el motor de un turismo que había alquilado una semana antes a nombre de un tal John Adams. En el asiento delantero había un billete de avión con destino a Río de Janeiro y un tubo de metra quilato que contenía una nueva vida.

Mike no llevaba equipaje.

 

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El séptimo amanecer – Capítulo 2

DOS

Quince años después.

El mundo parecía incapaz de soportar tanto caos. La burbuja inmobiliaria había estallado provocando la crisis del sector y arrastraba en su caída libre al resto de los mercados. Irritaba y escocía, pero las medidas de choque no llegaban. Los políticos presenciaban desde sus mullidos sillones la falta de medidas para encauzar la economía, inmunes a lo que ocurría a su alrededor; y parecía no importarles. Los países industrializados sudaban la gota gorda ante los crecientes incrementos del precio del petróleo; sin embargo, la voz del populacho se maquillaba con palabras tranquilizadoras. Los bancos se tambaleaban, pero a nadie le importaban los años de despropósitos y la falta de regulación de sus órganos de control. Ellos se convertirían en los grandes salvadores, aunque todavía no era el momento. Los países subdesarrollados veían como los precios de las materias primas aumentaban, pero sus dirigentes seguían embolsándose ingentes cantidades de dinero que fluían por todo el planeta, deteniéndose en los más de treinta paraísos fiscales que había en el mundo, mientras los golpes de Estado eran susurrados por los hambrientos. Los grupos terroristas promulgaban sus mensajes xenófobos, y nadie parecía capaz de detenerlos. Los improvisados albergues de caridad se veían desbordados por la incipiente pobreza que parecía brotar de las clases media y baja. Pero ellos no eran todos; ni tan siquiera suficientes. Solo unos cuantos miles de desalmados.

El mundo no agonizaba todavía.

Y la bomba de relojería continuaba con su imparable cuenta atrás.

“La esencia de la Tierra era la tristeza”.